• Alejandro Ordoñez González

Asesinato en el Jardín del Edén

La noticia llegó a las redacciones de los diarios a hora temprana: en la madrugada asesinaron a Jesús Chucho Rodríguez, el mejor futbolista que ha dado Centroamérica, en “El Jardín del Edén”, el antro donde terminan sus fiestas los ricos y los famosos. La policía informó que Chucho llegó a media noche acompañado por amigos. Según los primeros informes, fue degollado con un objeto punzocortante -que no fue localizado-, la herida cercenó una arteria, así que debió morir en minutos, el asesino introdujo la cabeza de la víctima en el retrete, por ello encontraron pocas manchas de sangre. Los investigadores suponen que el asesino esperó a que se desangrara y luego jaló repetidas veces el agua del retrete para que la sangre se fuera por el albañal. La policía busca, como principal sospechoso, a un hombre delgado vestido como para fiesta de disfraces con el que se toparon los amigos de Chucho cuando iban al baño en su busca. Análisis toxicológicos practicados al cadáver arrojaron altos índices de alcohol y cocaína.

El jefe de vigilancia recordó al hombrecillo extraño: Lo vi bajar las escaleras, estaba bebido o drogado; pregunté si se sentía bien, dijo necesitar un taxi, lo llevé al auto, abrí la portezuela trasera y lo ayudé a subir; él tipo me obsequió un billete de cien dólares, algo que nunca me había ocurrido, afirmó el jefe de seguridad, quien confirmó el atuendo estrafalario del tipo y el detalle de un pañuelo de seda blanco, con listones negros, que portaba en la bolsa del saco. Es cuestión de entrenamiento, dijo, y no traía manchas de sangre, ni se notaba el desaliño que habría provocado en su atuendo la lucha que el asesino debió librar contra la víctima antes de someterla.

La policía incautó los videos de las cámaras de seguridad que se hallan en el establecimiento -salvo dentro de los baños-. Encontraron algo extraño pues se negaron a difundirlas no obstante la presión de los medios de comunicación y aunque manejaron el asunto con discreción, empezaron a circular rumores descabellados. Los investigadores concluyeron que había un hilo suelto: el extraño hombrecillo que abandonó el sitio minutos antes de que descubrieran el cuerpo. Hicieron un retrato hablado y ofrecieron una recompensa a quien diera datos para su localización, pues ni siquiera el taxista que lo llevó aquella noche había sido identificado y para tranquilizar a los medios la autoridad propuso un trato: les proyectarían los videos de aquella noche a cambio de que guardaran silencio, en el entendido de que si así lo hacían era porque las circunstancias en verdad extrañas lo demandaban y no querían sembrar inquietudes malsanas entre la población.

La grabación empieza a las doce de la noche, al llegar Jesús y sus amigos. A las cuatro de la mañana -hora del video-, Chucho entra al baño de caballeros y la puerta se cierra. Ojo, dice el investigador, vean lo que ocurre. Lo repetiré en cámara lenta: la puerta del baño se abre como impulsada por una corriente de aire, al fondo se ve a la víctima en los lavabos. Se cierra la puerta pero no ha entrado nadie al baño. Diez minutos más tarde se abre la puerta como si de nuevo fuera impulsada por el aire y se vuelve a cerrar, sin que nadie salga.

Cambio de secuencia, planta baja. El jefe de seguridad dirige la vista hacia las escaleras pero no sabemos lo que ha llamado su atención. Camina como si fuera a encontrarse con alguien, parece conversar con él, toma el radio y dice algo, camina hacia la puerta. La cámara exterior retoma la secuencia: el jefe de seguridad se dirige al taxi, abre la puerta, platica con alguien a quien la cámara no registra, toma un papel y hace una reverencia de agradecimiento, cierra la portezuela, el taxi arranca, el jefe revisa el papelito, lo guarda, hace cara de sorpresa y lo vuelve a sacar, lo mete en la cartera y regresa.

Nueva toma, los amigos de Chucho suben las escaleras, se hacen a un costado como para que pase alguien (a quien la cámara no capta), se ríen burlones, entran al baño de caballeros, sale uno de ellos con cara desencajada, vomita y se desmaya, sube el personal de vigilancia, se hace el caos, todo el mundo corre, el jefe de seguridad da órdenes por radio…

Es un aprovechado mi comandante, no tiene caso distraernos con estos fulanos caza recompensas, nos hacen perder tiempo; además, cuenta la versión más loca que pueda imaginar. Bueno, si insiste lo llamo, es probable que pase un buen rato y se divierta, aunque habría que hacerle el antidoping antes para ver qué se metió, o como dicen los chavos, ya de jodida que pase el cigarrito.

Si no vine antes fue por miedo, jefe, uno no sabe con quién se topa. Para que se dé una idea: ¿cuánto cree que dió por la dejada? Cien dólares, ¿quién paga eso? Sí, le cuento: Amanecía, me paró un tipo, vas a llevar a un turista adonde él te pida, no te vayas a encajar porque no sabemos de quién se trata, no vaya a ser gente importante; viene drogado. Se subió el señor al coche, lo vi mal, me dio miedo que le ocurriera algo arriba de mi unidad. No me siento bien, dijo, me drogó, a saber que habrá tomado el tipo, algo a lo que no estoy acostumbrado corre dentro de mí. Sí, contesté, por eso es malo aceptar bebidas ya servidas, debe ir a la barra y ver cómo le preparan el trago. Me pasó una vez, hace años, dijo el hombrecillo, ¿conoce el láudano? Hmmm. ¿El ajenjo? Hmmm. Una noche, en una velada literaria, con un amigo de Bodele…, -sabe Dios qué nombre pronunció-; tardé dos días en eliminar las toxinas de mi sangre, sentí que me moría -siguió diciendo-.

No dijo adónde, sólo me fue guiando: siga de frente, de vuelta en la avenida, y así nos fuimos. Deténgase, aquí me quedo. Que suenan las lúgubres campanas del reloj de la torre -ay nanita- y veo, entre girones de niebla, a los dos ángeles de la muerte que dan la bienvenida a los difuntos, estábamos -en plena oscuridad- frente a la entrada del panteón civil. Me dio el billete de cien dólares, yo no sabía qué hacer. Lo vi caminar hacia la reja. No, los vigilantes estarían dormidos, ya sabe que al amanecer es cuando pega fuerte el sueño. Metió la mano entre los barrotes, corrió con facilidad el picaporte, abrió la pesada reja de metal. Di marcha atrás, giré el auto para regresar, traté de mirarlo por el espejo retrovisor, pero sólo vi que el portón se iba cerrando como si lo empujara un ventarrón, pues de él ni sus luces; saqué la cabeza por la ventanilla y entonces miré como agitaba la mano diciéndome adiós.

Los vigilantes aseguraron que el testimonio era falso, nadie pasa al panteón, por las noches. La policía pensó que tal vez fue un vago que decidió dormir en una cripta. La autoridad registró capillas y mausoleos. No hallaron nada, de no ser por un pañuelo de seda blanco, con listones negros, abandonado entre catafalcos, cualquiera diría que ahí no entró nadie…




Información complementaria.

Tengo la impresión de que volví a resultar críptico para algunos de mis lectores. Mil disculpas y paso a comentar (que bueno que a pesar de todo sigan leyéndome):

Pensé decir simplemente que: “mientras nosotros leemos Drácula muerto de la risa”, pero eso sería un despropósito porque ya sabemos que él y los de su especie son inmortales por eso pueden estar en una reunión literaria con Baudelaire (aunque el taxista no sepa pronunciar el nombre) y de pronto aparecer (siglos más tarde) en un antro donde a un tipo le cortaron la yugular y no hubo sangre derramada. ¿Será que alguien se la bebió?

Qué tenemos, bueno, a un hombre estrafalario, vestido como para una fiesta de disfraces (¿ropa de otro siglo?) con un pañuelo blanco con listones negros que días después aparece en un mausoleo. Un tipo extraño que anda hasta la madre ¿tendrá algo qué ver con que los análisis hechos al cuerpo del futbolista arrojaron altos índices de alcohol y cocaína? ¿Se contaminó el pobre?

Un tipo con el que se toparon los compañeros del futbolista, en las escaleras que conducen a los baños y que el jefe de seguridad vio también cuando bajaba; sin embargo, las cámaras no lo registraron, sólo vieron cómo se abría y se cerraba (sola) la puerta, un par de veces. Cuando el taxista trata de verlo en el espejo retrovisor sólo ve que las rejas del panteón se cierran solas, pero cuando saca la cabeza de la ventanilla y voltea, el hombrecillo le dice adiós.

Dicen que los espejos no reflejan la imagen de los “Dráculas” (verdad sabida) yo creo que las lentes de las cámaras tampoco, lo que pasa es que los autores clásicos del tema fueron superados por la tecnología. ¿Por qué pienso eso? Creo que las cámaras son como espejos electrónicos y si no me creen pregunten a esas personas amantes de tomarse autorretratos (hoy los snobs les llaman selfies) Pueden contemplarse por horas y ver cómo la imagen que tienen enfrente repite sus gestos, expresiones y movimientos. Un espejo electrónico, pues. No puedo confirmarlo pero me habría gustado preguntarle a Bram Stocker aunque creo que me habría dado la razón y se habría sorprendido porque en el siglo XIX no había estas maravillas tecnológicas. (si lo encuentro me tomaré un "selfie", pufff con él)