• Alejandro Ordoñez González

Crónicas de viaje. Una historia a varias voces

Teníamos años sin saber del tío abuelo Charles. Las noticias llegaron por carta. La firmaban el mayor del Council de McLaren Vale, Australia, y el notario público del lugar. El solterón tío abuelo había muerto y el heredero universal era yo. Acepté y emprendí el viaje. El mundo, conmovido, veía el fin de La Gran Guerra. La travesía en barco desde mi natal Liverpool hasta la aristocrática Adelaide estuvo llena de peligros e incomodidades, ya ahí viajé por carretera hasta Hahndorf, un pintoresco pueblo alemán enclavado en las montañas del sur de Australia, y de ahí a McLaren donde aguardaba el notario para darme posesión de mi heredad: una magnífica residencia campestre y vastos viñedos cuyos mejores días habían quedado atrás. Además me contó la historia maldita de mi tío, cuyo parecido físico conmigo infundió miedo a los lugareños.

Durante años, dijo, las mejores uvas de la nación salieron de aquí. Araban el terreno cuando un trabajador halló una pepita de oro. La región se llenó de hombres de baja ralea que se embriagaban y asesinaban por robarse el oro. En su búsqueda dieron con huesos y cráneos humanos, lanzas, arcos y flechas de un entierro milenario. Los aborígenes se espantaron y tío Charles se indignó. Habían profanado el santo sepulcro de unos guerreros que dieron su vida por defender a los suyos. ¡Yoohadoo!, dijeron temerosos. La maldición caerá sobre ustedes anatemizó tío Charles. A partir de entonces, dijo el notario, ocurrieron hechos extraños. Los blancos que se burlaron de esa creencia y siguieron buscando oro aparecieron con la garganta o el cráneo atravesados por flechas o lanzas aborígenes. Por lo distante y ásperos modales los nativos creían que tío Charles era la encarnación del mal. Las vides se secaron y los espíritus de los antiguos se apoderaron de la casa. En las noches salían llamas por el tejado y se escuchaba el sonido lúgubre del didgeridoo** que tocaba el mismo Satanás acompañado por tambores, cantos y danzas milenarias.

Para colmo tío Charles olvidó su diario en el almacén y fue así como el pueblo se enteró de su infortunio. Al principio eran pocos -escribió-, bastaba con salir a media noche y disparar unos tiros para ahuyentarlos, pero luego vinieron en miríadas. Oía el batir de sus alas, sus agudos chillidos amenazantes y cómo se posaban sobre el techo. Clavaban sus colmillos en el mosquitero de la puerta trasera para destrozarlo y al defender la plaza otros atacaban por la puerta delantera. Varios reemprendieron el vuelo de regreso con la cabeza destrozada a balazos, dejando un reguero de sangre pestilente que ni con cal lograba que menguara. Después dejaron de venir volando, ahora lo hacen caminando o quizás fuera mejor decir flotando porque no dejan huella de sus pasos. Son sombras que atisban entre las ventanas, cruzan raudas o se esconden por los rincones, sólo con una lámpara potente que apunto con precisión a su corazón o a su cabeza consigo aniquilarlas y hacer que se conviertan en fino polvo antes de caer al suelo, mas la victoria es pírrica porque por cada una que muere acuden docenas a reemplazarla. Pronto adquirieron confianza, se colaron por la rendija de una ventana y se apoderaron de la biblioteca de donde no he podido echarlas. Durante el día les oigo respirar y roncar, huelen a azufre, pero no me atrevo a entrar; por las noches tocan didgeridoos con la fuerza de un vendaval y también tambores; bailan y cantan sones monótonos mientras repiten la maldición ¡Yoohadoo, yoohadoo! que ha de alcanzarnos a todos. Por el tejado se asoman lenguas de fuego provenientes del infierno como una advertencia de lo que nos espera. Sé que preparan el ataque final, tomarán cuarto por cuarto. El mío será el último bastión aunque confío en que respetarán mi vida mientras no encuentren las osamentas y ofrendas sagradas que tuve el buen tino de esconder lejos de casa. Meses después, concluyó el notario, tío Charles se accidentó. Cayó del caballo y una espuela se atoró en el estribo. La cabalgadura se encabritó y espantada salió al galope arrastrándolo entre las piedras del camino, no se detuvo hasta llegar a su caballeriza. Como el accidente fue al oscurecer y nadie se atreve a acercarse de noche a esa casa maldita, lo hallaron hasta la mañana siguiente. Estaba irreconocible, era una costra negra. Dijeron que Satanás lo acechó en una vuelta del camino y el caballo enloqueció al verlo. Que los vampiros lo desollaron con sus garras para prolongar el placer que les producían las gotas de sangre al escurrir de aquella carne doliente. Por eso los que se burlaron de su muerte tiemblan al ver el parecido con su tío porque aseguran que si él era el demonio usted debe ser su reencarnación.

Era la madrugada, me encontraba frente a las llamas de la chimenea de la sala, hacía frío y por calentarme con el fuego había terminado con la leña que debía durar varias noches. Me acerqué al leñero, descubrí unas treinta varas ocultas en el fondo. Arrojé al fuego no menos de diez, maldiciendo a quien se le hubiera ocurrido meterlas donde se necesitaban troncos gruesos y largos como los que abundan en el bosque que nos circunda. Iba a arrojar el resto cuando me llamó la atención verlas del mismo grosor y largo; parecían haber sido cortadas con instrumentos primitivos, quizás con hachas de piedra. De ser así eran en verdad antiguas. Las puse entre los dedos de mi mano y comprendí que eran como un haz de flechas. ¿Primitivas? o simples imitaciones. Ya en la cama seguí cavilando: no podía creer que un ingeniero, un hombre de ciencia como tío Charles hubiera creído en supercherías al grado de escribirlas con su puño y letra, sin pudor ni recato, en un diario. Además, ¿qué hacía con él en el almacén? Comprendí que la biblioteca jugaba un papel central así que decidí explorarla. Hallé una vieja obra: “Cómo fabricar armas antiguas”. Había un separador en las instrucciones para hacer ballestas; las flechas medían igual que las varas encontradas; el cordel se parecía a uno que hallé en el taller. Sabía que un ingeniero habría podido construir una puerta secreta capaz de pasar desapercibida; en la biblioteca hallé un libro con varias ideas, aun así tardé una semana para dar con las “llaves”. Después de jalar y de oprimir varios accesorios se movió un librero; vi que daba acceso a una habitación; antes de entrar atravesé un pesado mueble, lo que me salvó ya que apenas entré intentó cerrarse. Había otras puertas secretas. Una me condujo a la urna de las osamentas y reliquias milenarias. Después de varios intentos di con una válvula que abrí y cerré sin resultado. Agotado fui temprano a la cama; a media noche me despertó el ronco sonido de un didgeridoo** acompañado por tambores. El ruido venía de la biblioteca. Primero me espanté, pero recordé la válvula secreta; disfrazada en la chimenea hallé la boca de un tubo cuya entrada estaba en el techo y apuntaba hacia el sur, cualquier lugareño sabe de los fuertes vientos nocturnos que soplan por ese rumbo. (Construyó un didgeridoo**, me dije.) Conectada al rehilete de la veleta, engranes accionados por el aire hacían que unos palos golpearan tambores al ritmo del viento. Vi que el espejo colocado frente a la chimenea giraba y en el tejado un mecanismo descubría un espejo convexo que en las noches reflejaba sobre el techo las llamas del infierno. El compartimento final daba acceso a otro que se abría con una chapa que tenía por combinación la fecha de nacimiento del tío Charles, y unas escaleras que bajaban al sótano y a lo que podría llamarse con toda propiedad “la boca de una mina”, bajo la luz de las velas refulgía el amarillo de una enorme veta de oro…

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** Didgeridoo: Instrumento musical que tocan los aborígenes australianos. Se elabora con los troncos de los árboles que las hormigas ahuecan. Es similar a una gran flauta con sonido ronco. Miden entre uno y dos metros y los aborígenes lo usan en sus danzas tradicionales y religiosas.