• Alejandro Ordoñez González

Días de guardar.

En recuerdo de los tíos Chayo y Paco.



La carta llegó con la anticipación debida. Como era costumbre Tía Chayo y tío Paco nos esperaban una vez más en su casa de Morelos, allá por el camino de Cuernavaca a Cuautla, para pasar juntos la semana santa. Su invitación era una puerta que se abría a la aventura y a la alegría porque sus hijos eran de nuestras edades, como lo eran los hijos de los amigos que complementaban el grupo. La propiedad, de origen rural, era enorme. Tenía jardín, huerto, un extenso espacio donde jugábamos cuanto deporte de pelota se nos ocurría a nosotros o a nuestros padres, sin olvidar el vólibol vespertino que nuestras madres exigían como una conquista laboral por la friega que se paraban todo el día. Tenían una estancia amplia donde tío Paco exhibía las películas caseras que en cada vacación iba grabando y nos permitían ver los cambios que íbamos sufriendo. La terraza era el coto nocturno reservado para los señores donde jugaban dominó hasta altas horas de la madrugada. Al costado de una barda perimetral corría un arroyo en el que, como buen ingeniero, tío Paco se las ingenió para construir una represa que más parecía una poza o una alberca de poca profundidad donde en verdad nos divertíamos.

Un atardecer mientras departíamos en la palapa me pareció ver, en la parte superior de la barda, unas pequeñas hojas que bailaban al compás del viento. Miren, unas hojas danzantes, grité entusiasmado, pero como desde entonces había dado muestras de una imaginación desbordada mis padres trataron de cambiar la conversación; de pronto los tíos se levantaron de un brinco y mientras ella se lamentaba por su jardín él clamaba por su huerto. Ella, al fin mujer, más dada a atacar las consecuencias que las causas, corrió por un bote lleno de polvo blanco que pronto esparció sobre los diminutos seres que protagonizaban el baile quienes no parecieron acusar molestia alguna, más preocupados por su carga que por sacudirse el talco que los cubría; el tío, más estratega, buscó los orígenes del problema y con una paciencia que hubiera envidiado el padre de Mafalda fue siguiendo la fila hasta el punto donde el desfile era tragado por la tierra. Señaló la entrada del nido, cientos de hormigas lo veían desafiantes sin arredrarse por aquel polvo blanco que esparcía tía Chayo sobre ellos. Tío Paco dirigió su manguera del jardín contra los enemigos y al contacto del agua el polvo se volvió una nube que pronto dejó a tío como si fuera un mimo. Una hora después, cuando todo el jardín era un pantanal sonrió satisfecho y dijo: murieron ahogadas.

Llegaba la hora del dominó, madre se percató que al tío Paco no se le entendía lo que quería decir. También descubrió que sus labios estaban morados, igual que las uñas y los dedos de sus manos. Subieron a los tíos al auto y los llevaron a un hospital en Cuernavaca. Era media noche cuando volvieron. El veneno que había hecho los mandados a las hormigas había estado a punto de matarlo. La siguiente tarde la escena se repitió y aunque del nido original no se percibían señales de vida, las hormigas habían utilizado otras vías de escape a los que se dirigían con su preciada carga. Tío Paco, encolerizado, decidió poner fin a la plaga, fue a su bodega de tiliches y regreso con arena, grava y cemento; hizo un amplio rodete con la mezcla y después fue dejando otros rodetes donde mi padre y el amigo decían haberlas visto. Anochecía cuando terminaron. El jardín parecía estar lleno de alcantarillas como las de las calles y en la terraza tía Chayo musitaba: ¡Francisco!, has logrado lo que ni los animales pudieron, qué locura.

Pero a la siguiente tarde los bichos volvieron a salir. Es el colmo decía tío Paco con la mirada encendida, hemos usado el aire, el agua y la tierra y no hemos logrado deshacernos de estos intrusos, sólo nos falta un elemento: “el fuego” y en su rostro apareció una sonrisa demencial y una mirada extraña. ¿El fuego? Preguntamos todos, sin dejar de sentir cierto miedo. Exacto, dijo tío, con un acento grave que no le conocíamos. Fue por su soplete y lo apuntó a las entradas del nido. Cuando la gasolina se terminaba volvía a cargar el aparato y con singular furia lo bombeaba hasta dejarlo listo. Aunque la luz de la luna era precaria, se observaba el desastre de aquella tierra de nadie, a las alcantarillas se sumaban ahora rodetes de tierra yerma donde difícilmente volvería a crecer la hierba.

En las siguientes vacaciones aquel páramo yerto se había convertido nuevamente en un vergel, aunque tuvieron que llevar trabajadores que quitaron los rodetes de cemento y sustituyeron la tierra que había quedado estéril gracias al soplete del tío. Para evitar riesgos contrataron un servicio de fumigación que funcionó a medias pues si bien las hormigas se mudaron a las milpas colindantes nunca dejaron de alimentarse a costa de los tíos. Tío Paco lucía resignado aunque cuando nadie lo veía buscaba la hilera de hormigas y caminaba sobre ellas.

Ese año fue especialmente alegre, fuimos a nadar a Agua Hedionda y el viernes santo nos llevaron a las Grutas de Cacahuamilpa. Tío Paco regresó cansado, canceló la función de cine y se disculpó con los contertulios del dominó pues quería descansar. Era la madrugada cuando escuché ligeros golpecillos en la ventana del cuarto de mis padres. Oí susurros, lamentos, mis padres se vistieron en la oscuridad y fueron tras tía Chayo, se dirigieron a la otra casita donde descansaban sus amigos y misma operación. Yo no desperté a mis hermanos aunque pensé que algo grave ocurría. Mis padres volvieron temprano con emparedados y leche, nos llevaron a la palapa y nos prohibieron acercarnos al arroyo; a mí por ser el mayor me dijeron que tío Paco se sentía mal. Deambulamos sin rumbo fijo y nuestros pasos nos llevaron a una zona del terreno que no se aprovechaba; ahí, entre las breñas, un hombre cavaba a gran velocidad un hoyo enorme. Hasta donde estábamos llegaba el llanto de tía Chayo y fue así como comprendimos que tío Paco había muerto y que ese enorme hoyo era la fosa que le estaban preparando. Fue la hija más chiquita de los amigos quien protestó: cómo iban a enterrarlo en medio de sus enemigas las hormigas, luego todo fueron rumores, conjeturas, y el temor de que se lo comieran ya muerto o peor aún, que sólo estuviera dormido y despertara en su fosa y las hormigas se lo comieran vivo. A media tarde llegó la carroza y vista la cara que teníamos y los rumores que alcanzaron a escuchar decidieron llevarnos con ellos a la funeraria. Al otro día lo enterramos y nos aclararon que la fosa que cavaba el trabajador era para una letrina.

Tía Chayo siguió invitándonos cada semana santa y al acostumbrado itinerario de Agua Hedionda y Cacahuamilpa se añadió una visita al panteón, en viernes santo, para recordar al tío Paco. Sí, tía Chayo siguió invitándonos, pero todo había cambiado y ya nada sería igual aunque quizás sin darnos cuenta todo había estado cambiando desde la primera vez que llegamos a esa casa, tal y como lo testimoniaban las películas caseras de tío Paco. Sí, todo había venido cambiando así sin más, como si nada…