• Alejandro Ordoñez González

El extraño caso de lo acontecido al señor Poe y a su encantadora novia la señorita Leonora.

Ocurrió cuando la tarde se diluye en la oscuridad de la noche y la gente se convierte en un rumor de voces o en los ecos de pisadas y los restoranes chinos se adivinan por los gritos de sus parroquianos. Caminó por la calle de López; entró al viejo edificio; oyó el saludo de los vecinos y las voces de unos niños: dos por tres seis… subió a un callado cuarto piso, guiado por el pasamanos llegó al final del pasillo. Apretó el bastón de Malaca, idéntico al de Edgar Allan Poe; aquél que ocultaba una afilada hoja de acero capaz de cercenar la cabeza de un buey, de un tajo. Asió el llavero, pasó los dedos sobre los dientes de las llaves hasta hallar la que buscaba, sólo para encontrar que la puerta estaba entreabierta. Le había pedido que tuviera cuidado, pero nada le daba miedo. -Quién querría hacerle daño a tu flaquita-, repetía, mientras lo besaba y lo desnudaba; pronto el cuarto se poblaba de urgentes caricias y ambos soltaban amarras para perderse en la oscura neblina de sus ojos, seguidos por el celoso ronroneo de Allan, el enorme gato negro que se creía dueño de esa hembra. Cerró la puerta. Iba a llamarla pero algo lo hizo callar; se dirigía a la cama para ver si dormía cuando tropezó con una silla volcada, tanteando con los pies halló un vaso roto. Alguien, que no era ella, estaba ahí. Si avanzaba dejaría la salida desguarnecida y el intruso huiría; seguro era lo que esperaba. Se recargó en la puerta y se acuclilló; desenvainó el bastón de Malaca para que el intruso imaginara lo que sucedería si se acercaba. Tocó el reloj de pulsera y con los dedos leyó la hora: siete cuarenta; antes de treinta minutos sería noche cerrada y la habitación quedaría a oscuras; pero, cómo ganar tiempo.

Sintió un fuerte olor a sudor rancio, a pies que no han sabido de un baño en semanas y un olor a licor lo delató al fondo del cuarto. La puerta del baño se abrió y alguien -sigiloso- se dirigió hacia él; un cuerpo se embarró a sus piernas; sintió el ronroneo de Allan; lo cargó, su corazón palpitaba agitado y, cosa extraña, no maullaba como siempre; era una fiera en cacería, las garras de fuera lo denotaban; su pelambre lucía ensangrentado pero no estaba herido. Sería sangre de ella. Estaría en el baño. Aguzó el oído, fuera de la fuga de agua del retrete no había ruidos. O ella no estaba ahí o habría muerto. Volvió a escuchar su voz en los vagones del metro, atrayendo la atención de los usuarios: Damas y caballeros, los invito a hacer un viaje a través del tiempo para que disfruten la poesía del auténtico Edgar Allan Poe, a quien no le gustaba que le dijeran Allan porque era el apellido de su padrastro, al que odió y maldijo; y entonces él, con su capa negra -sobretodo-, le dijeron que se llamaba, y su sombrero de copa hacía una caravana y declamaba los poemas o los cuentos de Poe mientras ella -agitando los brazos como si fuera “el Cuervo”-, graznaba con su vocecilla infantil: “Nunca más… Nunca más… Nunca más…” y ocurría a veces que las circunstancias eran propicias, pues a la hora en que la casa de Usher se hundía en aquel lago siniestro, las luces del vagón se apagaban y en lo que empezaba a funcionar la planta de luz la gente asombrada no podía ahogar un grito de terror y al término de la historia aplaudía rabiosamente y a veces hasta cien pesos se llevaban entre dos estaciones y un solo vagón.

Un maullido amenazador y el pelambre erizado del gato le hicieron notar que el hombre estuvo a punto de atacarlo. Estaría armado, sería alguno de los cargadores del mercado, suelen llevar picahielos o dagas. Oscurecía y si el intruso no quería pasar la noche en vilo tendría que atacar a la brevedad. Acarició al gato y soltó la carcajada más torva de la que fue capaz, a la que se unió un terrible maullido de Allan, para que el tipo comprendiera que se encontraba frente a dos fieras en plena cacería. Oyó el sonido del apagador. Pobre diablo, ignoraba que en esa casa los focos tenían años fundidos. Cuando intentó cambiarlos ella se negó. Y si un día vienen visitas preguntaba él. ¿Quiénes?, contestaba, si aquí solo estamos tú, Allan y yo y no los necesitamos, ¿verdad chiquito? Y el feroz gato negro maullaba y el brillo de sus ojos dorados se unía al de sus fauces. ¿Verdad que no queremos luces, gatito? Leyó la hora: nueve de la noche, sintió el peso del celular en el bolsillo, imaginó qué pasaría si marcara el número de emergencia: operadora, habla Auguste Dupin, disculpe la molestia pero ha ocurrido un asesinato en la calle Morgue; pero cómo, si él no era Dupin, ni López era la calle Morgue; bueno, ¿y si dijera?, operadora habla Edgar Poe, estoy viviendo un cuento y ha ocurrido un crimen en la calle de López; no, lo del cuento no es cierto; pero lo del crimen sí y lo de Edgar Poe, tampoco. Mientras confirmaba la noticia el tipo lo atacaría y le clavaría una daga en el corazón. Además, al abrir el teléfono la pieza se iluminaría con la luz de la pantalla, lo que el otro aprovecharía. Algo parecía definirse: el hombre esperaría y lo mataría al amanecer. Tenía que actuar antes, la noche era su mejor aliada; en ella, el ciego era el otro. El cuarto medía cinco metros por lado, a la derecha estaba el baño y a la izquierda la estufa, pues no había cocina. El hombre se hallaba al fondo, a su derecha, si tomaba la iniciativa nada lo detendría, tenía que moverlo a la izquierda para que, de atacarlo, tropezara con la silla volcada. Encontró el vaso roto, lo deslizó sobre el piso, hacia su lado derecho, como si fuera él quien se desplazaba. Escuchó el ruido de las duelas moviéndose hacia el centro de la habitación. Había resultado, ahora estaban frente a frente y quien quisiera atacar tendría que librar la silla volcada. Todo parecía bajo control, pero las horas se iban y él no atinaba a encontrar la forma de atraerlo. Si Leonora estaba muerta no había razón para seguir viviendo. Tanteó el terreno, tocó las llaves de la hornilla. Bendijo la eterna necedad de ella: cuantas veces quiso arreglar el piloto de la estufa Leonora se opuso.

Todo estaba a punto, el aire entraba por la rendija de la puerta y salía por la ventana donde estaba el intruso. Giró la perilla. Se Oyó un zumbido, luego el olor a gas inundó el cuarto. Desconcertado el tipo se movía sin saber qué hacer. Escuchó salir la daga de su funda, comprendió que había llegado el fin; depositó al gato en el suelo. Fueron segundos que parecieron siglos; el hombre, al arremeter a ciegas, se estrelló contra la silla; el maullido del gato fue feroz, lúgubre, terrorífico. El animal clavó sus garras en los ojos del intruso. Oyó el grito de terror y de dolor. Sintió el humor acuoso de esos ojos reventados, mojando sus labios; acometió como un salvaje y gritando como loco se fue contra el bulto que intuía entre las sombras. La cabeza rodó por el suelo, con el gato prendido, sintió el chorro de sangre tibia que salía de las arterias, salpicando su rostro. Lo aturdió un estruendo ensordecedor y guiado por el instinto volteó hacia la ventana, notó cómo por entre la niebla eterna de sus ojos se abría paso un extraño resplandor y aparecía una gran luna roja ensangrentada, unas nubes blancas que se hacían jirones al paso del viento y, al igual que en la caída de la casa de Usher, una grieta negra se abría paso desde el techo, corría por las paredes y bajaba hasta los cimientos de aquel viejo edificio, mientras se escuchaban gritos agudos que rompían el aire como el filo de mil puñales y se abría un abismo que se tragaba la construcción con todo y sus moradores.