• Alejandro Ordoñez González

El extraño caso del tesoro escondido en la isla misteriosa.

¡Sí señor!, gritaba el capitán y la tripulación contestaba a coro: ¡La de un pirata es la vida mejor, se vive sin trabajar! ¿Y cuando uno se muere? Preguntaba el famoso pirata Barbanegra, ¡Con una sirena se queda en el fondo del mar, ay ay ay ay, la de un pirata es la vida mejor!

El buque navegaba con viento a favor, en el mástil la vela se hinchaba gozosa y arriba de ella flameaba la bandera blanca con una calavera negra cruzada por dos tibias humanas. Trepada en lo alto del mástil, la vigía extendió su enorme catalejo, fijó su vista en un punto del horizonte y haciendo pantalla con las dos manos, para que la gente en cubierta pudiera escucharla, gritó: girar quince grados a babor, los marinos fueron repitiendo las voces hasta que éstas llegaron al capitán, quien ordenó al timonel, con un movimiento de cabeza, cumplir la instrucción. La pesada rueda giró lentamente, dejando al descubierto, allá a lo lejos, la enorme muralla.

Luisi, la vigía, guardó el catalejo en su cintura y bajó rápidamente para incorporarse al resto de la tripulación que esperaba las órdenes de su capitán. Barbanegra escupió sobre cubierta, como lo haría cualquier pirata, miró fijamente a sus hombres y a sus mujeres. Esa que ven ahí es Cartagena de Indias, los españoles levantaron esa gruesa muralla para proteger el oro y las miles de piedras preciosas que extraen de sus minas, las guardan ahí antes de mandarlas a España. Piensan que con ella podrán detenernos, pero no saben que somos invencibles. ¿Podrán detenernos? Preguntó el capitán. ¡No!, contestaron entusiasmados los piratas. ¿Podrán…? ¡No no no! Y el periquito que cargaba Memito sobre su hombro agitaba las alas y gritaba emocionado: ¡Al abordaje, al abordaje, prrr prrr!

Arríen la vela y arrojen el ancla. Memito y Pablo corrieron hacia el mástil, aflojaron el cordel que mantenía elevada la vieja sábana zurcida, regalo de la abuela. ¿La bandera también? Preguntó Pablo. No, dijo el capitán, que sepan contra quién se van a enfrentar. Y el viejo trapo de cocina rescatado de la basura siguió ondeando orgulloso. Luisi y Montse cargaron con dificultad la pesada piedra atada a un cordel que hacía las veces de ancla y la arrojaron por la borda.

Preparen los cañones, gritó Barbanegra. Montse corrió por la bolsa donde guardaban la pirotecnia que había sobrado de las fiestas patrias. ¡Apunten, fuego! Un zumbido agudo se hizo presente y un proyectil cruzó el espacio dejando a su paso una estela multicolor de fuego, las chispas eran rojas, amarillas, luego mostraban tonalidades azules o verdes antes de llegar a la muralla donde explotaban con gran estruendo. Y así, uno tras otro, los cañones siguieron vomitando fuego. Pronto los envolvió el olor a pólvora y los cubrió un ligero humo. La flama de la vela danzaba y amenazaba con apagarse, por más que Luisi y Montse le hacían casita con sus manos; Barbanegra bajaba el sable y Memito y Pablo se acercaban a ellas para encender las mechas de los cañones.

Cuando la muralla cayó abordaron las lanchas, llegaron a tierra y ya ahí corrieron con todas sus fuerzas. Para dejar sus brazos libres Luisi apretaba entre los dientes el auténtico sable de La Isla del Tesoro y Memito empuñaba un viejo revólver pirata que al apretar el gatillo hacía que un fulminante estallara ruidosamente y era tan aterradora el arma que dejaba un olor a pólvora quemada y del cañón del arma salía una ligera nubecilla de humo.

La guardia española vendió cara su derrota pero por más que lo intentó no pudo con los piratas. Buscaron impacientes hasta dar con el enorme cofre que contenía los preciados tesoros. Volvieron de prisa al barco, levaron el ancla, izaron la vela y se hicieron a la mar, antes de que salieran en su busca los navíos españoles. ¿Hacia dónde nos dirigimos, capitán?, preguntó el timonel. A la Isla de la Tortuga, contestó aquél. ¿La isla de la tort…? Repitieron uno a uno cada miembro de la tripulación, mientras se dibujaba en su cara un rostro de terror. ¿Que qué, que qué?, prrr prrr, repitió el periquito. Pero si todo el mundo sabe que en esa isla se refugian los más crueles corsarios, y que son capaces de matarse entre ellos para que nadie sepa dónde ocultaron sus tesoros. Por eso, dijo el capitán, porque nadie se atreve a desembarcar en la isla nuestras riquezas estarán a salvo. Luego, para desviar la atención, continuó: veamos cuál es nuestro botín. Se sentaron alrededor de aquel bello cofre de madera de encino y herrajes labrados, protegido por un candado que de tan viejo bastaba un jalón para que cediera. Levantaron la tapa, quedaron deslumbrados por el brillo que despedían aquellas gemas preciosas rescatadas de un viejo acuario en desuso. Había transparentes piedras rojas; rubíes, había dicho madre que se llamaban; verdes esmeraldas, como las que había traído tía Ode de su viaje precisamente a Cartagena de Indias, transparentes diamantes en bruto; monedas de oro -doblones, les llamaban-, según decía tía; algunos escondían bajo el brillo del papel metálico deliciosos chocolates o aromáticas gomas de mascar y hasta unos lingotes de oro que compró el papá de Pablo en el aeropuerto de Los Ángeles. ¿Puedo?, preguntó Memito. No, respondió Barbanegra. Me como sólo uno. ¡No! Estaban felices contemplando su tesoro pero lo que los dejó perplejos fue cuando vieron que Luisi había encontrado en el fondo del viejo cofre un auténtico collar de perlas. Luisi y Montse se lamentaban por no tener un espejo para ver cómo lucían con él, mientras Memito y Pablo proponían romper el hilo que las unía y jugar con ellas a las canicas, pues eran del mismo tamaño y algunas, inclusive, mayores. Sólo Barbanegra parecía terriblemente preocupado. Es de tía Ode, musitó. Debe ser de fantasía, contestó Montse, lo sé porque mi mamá tiene un alhajero lleno. El capitán quiso llevárselo pero la tripulación se opuso. Cuando rescatemos el tesoro lo regresas, fue la decisión unánime. Ahora hay que dirigirnos a la isla y esconderlo antes de que se haga tarde.

Llegaron a la Isla de la Tortuga. Desembarcaron, un frío viento los recibió y como un mal presagio una extraña ave empezó a hacer ¡huuu huuu huuu! El periquito de Memito se agitaba, movía la cabeza de uno a otro lado y lo que de plano les puso los pelos de punta fue cuando empezó a gritar ¡Ay me muero, ay me muero!, luego imitaba el llanto de un niño y como si tuviera un miedo incontrolable volvía a gritar: ¡Ay me muero…! Hasta que se cansó y ocultó la cabeza bajo el ala, pero aún así se podía ver cómo temblaba y se esponjaba el plumaje del animalito. Pasaron dos palos entre la sudadera de Pablo para hacer una especie de camilla, depositaron ahí el pesado cofre y cada uno cogió un extremo de las varas, sólo Luisi quedó libre porque ella sería la encargada de hacer el mapa que permitiría después su localización, porque ya se sabe, no hay pirata sin tesoro, ni tesoro sin mapa. Luisi tomó el alargado tubo de papel que había servido como catalejo, sacó de su interior un pliego de cartulina blanca de forma irregular, con las orillas llenas de tizne -para que diera la impresión de ser muy antiguo, de haber estado expuesto al fuego y a punto de quemarse- sacó de su bolsa algunos crayones de colores y una brújula. Anotó en aquel viejo pergamino una raya parada y otra acostada, en forma de cruz, y la letra “N”, como había visto que se acostumbra en esos casos. El capitán preguntó por el norte y recibida la información instruyó a Luisi: quinientos pasos hacia el norte… Iba a continuar pero Montse lo interrumpió ¡por qué tantos!, ¿no sería suficiente con cincuenta? Pero Barbanegra fue implacable. Cada uno llevó su propia cuenta y aunque al final no se pusieron de acuerdo en el número de pasos dado, se impuso la del capitán, sobre todo porque justo en ese punto hallaron los restos de lo que había sido una fogata. Memito tomó un palo tiznado de un lado y lo conservó para usarlo como antorcha en caso de que la cueva que pensaban encontrar estuviera oscura. Pablo, sin que nadie se diera cuenta tomó dos huesos de las piernas de lo que habría sido un pollo rostizado, porque ya se sabe: no hay mapa serio en el que no aparezcan algunos huesos humanos colocados en forma de cruz para marcar el sitio exacto del tesoro. Y así anduvieron un buen rato, de aquí para allá, de allá hasta más allá. A veces doscientos; otras, trescientos pasos, hasta que la suerte los llevó a una enorme cueva donde podrían depositar el tesoro sin riesgo de que alguien lo descubriera. Medía la cueva un medio metro de alto y de ancho y tal vez un metro de profundidad, además estaba seca así que protegería al cofre y su contenido. Metieron su preciada carga hasta el fondo, recolectaron pequeñas piedras y con ellas levantaron un muro que ocultó por completo la caja. Taparon la entrada de la cueva con piedras más grandes y Pablo arrancó el musgo de unas rocas que fue colocando sobre las lajas de la entrada. Nadie podría encontrar lo que se ocultaba ahí, nadie. ¿Podrían ellos? Se preguntaba cada uno en su interior. Pablo sacó de sus bolsillos los dos huesos de las piernas de pollo y los colocó sobre el musgo, en forma de cruz, ante el escándalo y el asco de las niñas, en especial de Luisi quien amenazó con vomitar si le volvían a enseñar ese asqueroso espectáculo.

Volvieron a casa apenas a tiempo pues tenían prohibido andar fuera cuando hubiese oscurecido. La semana se fue entre clases y tareas así que no fue sino hasta el siguiente sábado, después de la comida, cuando volvieron por su tesoro a la Isla de la Tortuga. Extendieron el mapa sobre el pasto y encima de él la brújula. Intentaron un reconocimiento visual pero las direcciones apuntadas por Luisi no parecían coincidir con lo que ellos recordaban. Decidieron seguir las instrucciones del mapa, fueron por aquí, luego por allá, reanduvieron sus pasos pero lo más próximo que encontraron, como punto conocido, fue el viejo ahuehuete quemado por un rayo que Luisi dibujó con lujo de detalles y que se encontraba a medio camino de la cueva. Las horas se iban y la ansiedad de ellos crecía, en especial la de Barbanegra, quien por primera vez dio muestras de miedo sobre todo porque temía por el collar de tía Ode. Precisamente esa noche tía preguntó si alguien había visto su collar; soy un caso perdido, dijo, tengo la mala costumbre de no volver a poner las cosas en su lugar, el día menos pensado voy a perder algo valioso, tengo que aprender a ser más cuidadosa. El temible Barbanegra prefirió guardar prudente silencio y ante el miedo de que su cara lo delatara abandonó el comedor sin percatarse que sobre la mesa había quedado el mapa del tesoro que estudiaba una y otra vez. Lo peor era que Luisi había dibujado con lujo de detalle no sólo la ruta que llevaba al tesoro, también el cofre, los rubíes, las esmeraldas, los diamantes, los doblones y los lingotes de oro, así como el collar de perlas. Al día siguiente imploró, rogó, se enojó, hizo la peor rabieta de la que tuviera memoria pero no convenció a sus padres y a regañadientes tuvo que ir a la excursión familiar. Tía Ode los despidió con una sonrisa y un “que se diviertan” pues ella tenía compromiso con unas amigas.

Barbanegra estuvo castigado toda la semana por las rabietas hechas el domingo, así que no pudieron ir en busca del tesoro oculto en la Isla de la Tortuga y no fue sino hasta el sábado cuando tía Ode consiguió que lo disculparan; les preparó un refrigerio y una botella de agua de limón para cada miembro de la tripulación y consiguió permisos para que pudieran pasar el día jugando en el bosque.

Decidieron dejar a un lado el mapa del tesoro y guiarse por las señales que recordaban; hallaron los restos de la fogata, el anciano ahuehuete quemado por un rayo y unas rocas extrañas que parecían el rostro de una bruja; pero de la cueva, nada. Se fue la mañana, volvieron al punto de partida, comieron su refrigerio y acordaron seguir las indicaciones del mapa, sólo que Barbanegra decidió regresar la brújula a Luisi, quien prácticamente tomó el mando. Llegaron a la ladera del cerro donde abundaban las rocas, debían estar cerca, lo sabían, pero no atinaban a encontrar el sitio exacto de la cueva y de no haber sido por Montse habrían seguido de largo, pero ella los alertó: allá al fondo se veían entre el musgo crecido dos pequeñas varas blancas en forma de cruz. Al acercarse descubrieron que eran los huesos de las piernas del pollo rostizado que había colocado ahí Pablo. Habían dado con el lugar, después de dos semanas el sitio exacto seguía oculto. Decidieron separarse a un metro de distancia cada uno y fue Luisi quien lo descubrió, gritó y bailó de alegría. ¡Lorito loco, lorito loco, prrr prrr!, grito el periquito. Quitaron las primeras lajas de piedra, siguieron con la segunda pared y cuando por fin la cueva quedó abierta metieron la mano para sacar el cofre. ¿Y el cofre, y el cofre? Uno a uno introdujeron sus brazos, removieron la tierra suelta; imposible, no estaba, había desaparecido. Se sentaron sobre la yerba seca y comenzaron a llorar. ¿De qué habían servido tantas precauciones y peligros para ocultarlo?, habían perdido todo, ni rubíes, ni esmeraldas, diamantes, o doblones de oro; y claro, ni el collar de perlas, el valioso collar de tía Ode.

Volvieron a casa derrotados, nadie lo dijo pero cada uno en su interior tenía la firme intención de confesar su culpa por la pérdida del collar. Tía Ode los esperaba en el jardín. Barbanegra iba a decir algo, mas tía se lo impidió: Pero miren nada más cómo vienen, jovencitos, ni lo piensen, nada de entrar a la casa en ese estado, van al lavadero, se asean manos, brazos y cara, sacuden el polvo de la ropa y quitan la tierra de sus zapatos, miren nada más, si parecen mineros del carbón. Cuando estén listos los espero en el comedor.

Apenas entraron a la casa se les despertó un hambre feroz, olía a pizza; sí, de pepperoni, de salami y hasta de jamón con piña. Sírvanse lo que gusten, dijo tía, mientras se iba con rumbo a la cocina. Volvió con una cubeta de nieve de limón y refrescos de cola. Puso varias bolas de nieve en cada uno de los grandes vasos y fue vaciando lentamente el refresco, produciendo una espuma deliciosa. Flotantes, les llamaba. Los tomaban raras veces porque en esa casa no se consumían refrescos.

Guarden espacio para el postre, dijo tía, les tengo uno especial que les va a encantar. Se fue hacia las recámaras. Volvió, traía un cofre de madera idéntico al del tesoro, ¿idéntico? Jaló el viejo candado y lo abrió, a la luz de las lámparas brillaron los rubíes, las esmeraldas y los doblones de oro; y, cosa increíble, al atravesar los diamantes, la luz formaba pequeños arcoíris. Los miembros de la tripulación la veían con ojos más grandes que las mismas monedas de oro. Pero coman, ¿o se les fue el hambre? Fue en ese momento cuando Barbanegra descubrió que en el cuello de tía Ode lucía hermoso el buscado y famoso collar de perlas traído de Japón por el abuelo.

Los piratas cruzaron el jardín, llegaron a la reja; marchaban alegres y con los brazos entrelazados: ¡*Sí señor!, gritaba el capitán y la tripulación contestaba a coro: ¡La de un pirata es la vida mejor, se vive sin trabajar! ¿Y cuando uno se muere? Preguntaba el famoso pirata Barbanegra, ¡Con una sirena se queda en el fondo del mar, ay ay ay ay, la de un pirata es la vida mejor! Se despidieron, pero antes Luisi tomó del brazo a Montse y orgullosa les dijo: ¿Ya ven?, las niñas somos más listas que los niños, hmmm. Luego se perdieron lentamente por aquella calle cubierta de árboles.

Barbanegra se sentó largo rato en la banca del jardín, estaba feliz y al mismo tiempo triste. Le remordía la conciencia, había sido un error quedarse callado. Cuando tía preguntó por su collar debió decir la verdad y aunque él no lo había tomado, si hubiera tenido el valor de hablar la misma tía Ode podría haberlos acompañado a buscarlo y se habrían evitado el sufrimiento de esos largos días. Era verdad que había tomado el cofre sin avisar, pero prácticamente era suyo, la misma tía se lo ofrecía cuando lo veía aburrido y decía que era más de él que de ella misma.

Entró a la casa, la chimenea estaba prendida, la luz apagada. Tía Ode tocaba la flauta sentada en un sillón. Caminó lentamente para no interrumpir, se hincó en la gruesa alfombra, recargó su cabeza en las piernas de Ode y dijo tía… pero ella contestó: shhh. Con sus dedos selló los labios del niño, limpió las lágrimas que humedecían su rostro, acarició su cabello y pronunció con voz queda: Nada que decir, lección aprendida; y el bravo, esforzado, invencible pirata Barbanegra cerró los ojos y se quedó dormido.

* Canción de los piratas, de la película Peter Pan, de Walt Disney, filmada en 1953. Autor de la banda sonora, John Powell.