• Alejandro Ordoñez González

La casa de los espíritus.


Que me disculpe Isabel Allende pero si hay una casa que merezca ese nombre es la mía porque en ella encontraban refugio, cariño y compañía las almas de los difuntos, los recientes y los antiguos, porque no había habitación ni pasillo que no llenaran con sus manifestaciones. Pero no se piense que arrastraban gruesas cadenas como en las novelas de terror o que penaban por los rincones, ni eran sollozos o lloriqueos los que escuchábamos. No, sus sombras, sus aromas y sus ruidos eran festivos y parecían disfrutar con nuestra presencia. De la familia quien tenía el don para presentirlos, o a que se le presentaran frecuentemente era Francisca. Y no es que los demás fuéramos ajenos al fenómeno pero más que nada éramos testigos de sus comunicaciones, aunque las sombras o las luces, los aromas y los ruidos con que se manifestaban eran seguidos con gusto por todos. Había ocasiones en que los contenedores de plástico para guardar alimentos caían de la despensa sin motivo aparente. Se escuchaba el ruido y ahí íbamos, de puntitas, a contemplar los más de treinta recipientes tirados en el suelo. Los colocábamos en su lugar y apenas apagábamos las luces de las recámaras se volvía a escuchar el estruendo que producían al caer nuevamente desde una altura de dos metros. Francisca se preguntaba entonces quién habría muerto y sin importar la hora tomaba su rosario y se encerraba a rezar en su cuarto de costura, su sitio favorito, pues ahí estaba la caja fuerte con las alhajas que habían venido atesorando desde su bisabuela ya que cuatro generaciones de Franciscas habían compartido el nombre y el vicio por las joyas que en verdad eran muchas, bellas y muy valiosas; ahí se reunía los jueves en la tarde con un grupo de amigas que tomaban el té, conversaban y bordaban o tejían maravillas.

Al otro día una llamada telefónica avisaba que había muerto fulano y entonces Francisca decía: sí, fue a las tres de la mañana. Alguno se preguntaba cómo era que sabía la hora exacta de todas las muertes. Bueno de casi todas porque no se piense que a la casa acudían todos los difuntos; no, parecían ir sólo aquellos que nos habían querido en vida y no es que fueran a despedirse porque por lo general volvían, quizás iban a participarnos su nueva condición. Hubo ocasiones en que seres que decían amarnos no se presentaron en la casa ni por equivocación y Francisca, que les llevaba muy bien las cuentas, pasado un mes aseguraba que el difuntito nos había engañado, en vida, y era falso que nos apreciara. Por el contrario, ocurría que fallecía alguien a quien teníamos en poca estima y se presentaba puntual en la casa y entonces nos llenábamos de regocijo y Francisca platicaba con él en voz alta.

Venían al morir o en sus cumpleaños y en los aniversarios de su fallecimiento. Algunos prendían tenues luces ambarinas, como la tía Lupe que iluminaba el vestidor con esa débil neblina, cada día de su cumpleaños. Otros eran más atrevidos, como Pepón, aquél que amó casi en silencio a Francisca y murió con la esperanza de que yo me fuera antes, aunque ellos nunca supieron que yo sabía todo. Pepón perfumaba con aromas de jazmines la almohada de su amada y en los cumpleaños de Francisca la casa olía a fábrica de chocolate, porque en vida no faltó ese regalo en fecha tan señalada. Algo debía ocurrir porque cuando Pepón se manifestaba Francisca esperaba a verme dormido para encerrarse en el cuarto de costura y eran tan tiernos sus murmullos y tan peculiar el olor que se colaba bajo la puerta que me ganaban los celos. Otros eran sombras que cruzaban veloces por los pasillos o las escaleras. Tan tímidos lucían que nos hacían recordar a tal o cual difunto. Y en esa gran ouija que era la casa no había lugar para temores o sustos, ni siquiera cuando alguien parecía susurrarnos cosas al oído o se acostaba en nuestra cama y veíamos cómo acomodaba la almohada o del piano, en plena madrugada, brotaban compases de “sueño de amor”, melodía que fuera de los abuelos. Los ruidos se acentuaban las noches de los jueves porque a las tertulias del tejido solían acudir las difuntas y como no tenían obligaciones mundanas decidían a menudo quedarse hasta el amanecer y era tal la alharaca que no faltó vecino que preguntara qué ocurrió a los loros, que gritaron toda la noche. Inocentes, no sabían que en esa casa no había aves.

Y en esa felicidad se nos fue yendo la vida porque una noche se nos adelantó Francisca. Yo habría esperado que su cuarto oliera a flores o a chocolates, pero no. Me da pena decirlo y no lo tomen a mal. A sexo, la habitación olía a sexo. Pero no uno cochino y asqueroso; era como el aroma que despiden las núbiles doncellas cuando despiertan a la vida; un olor impregnado de inocencia y candor. Aunque de que surtía efectos, sí que lo hacía porque yo no sabía qué era mayor, si mi pena o la excitación que provocaba en mí aquel aroma y la verdad es que el pudor me salvó de hacer algo que mi libido ordenaba a gritos, de lo cual quizás me habría arrepentido siempre. Enterrada que fue Francisca esperé que se manifestara porque decía amarme y no había posibilidad de que su silencio la delatara post mortem. Como viera que terminaba el novenario y de ella ni sus luces, una noche abrí la puerta del cuarto de costura y con voz más alta de a lo que la etiqueta obliga, le dije: Francisca, te quedan veinte días para manifestarte, si no sabré que fuiste una falsaria, estás advertida.

El jueves previo al cumplimiento del plazo fatal escuché, de madrugada, ruidos provenientes del cuarto de costura. Frente a la puerta cerrada pregunté: repetidamente ¿eres tú Francisca? Como viera que no me contestaba le recordé la clave que ella había ideado: Francisca, cuando sea sí contesta con un solo golpe; dos cuando sea no; y tres cuando no sepas. ¿Eres tú, Francisca? Toc. Ah. ¿Estás bien? Toc. Que bueno, ¿quieres que entre para que conversemos? Toc toc. ¿No? Toc toc. Bueno, como quieras. Y así, entre toquido y toquido nos ganó la madrugada. Francisca, estarás cansada. Toc. ¿Quieres que te deje descansar? Toc. Me voy a mi cuarto. Toc. Francisca, te amo y no puedo vivir sin ti, ¿me amas tú? Toc. ¿Volverás pronto? Toc toc toc. Al otro día entré al cuarto de costura. La cortina se agitaba y salía por la ventana abierta como si por ahí se hubiera ido Francisca. También estaba abierta la caja fuerte y por cierto no había ninguna de las joyas que cuatro generaciones de Franciscas atesoraron.