• Alejandro Ordoñez González

La selección no prende, ¿pero qué tal las elecciones?

Leo en el Periódico El Universal del 30 de mayo de 2018, la columna “Palabras más, palabras menos”, del reportero de deportes Paco Vela quien se pregunta -preocupado- por qué razones, a quince días del mundial de fútbol, la gente no está entusiasmada; por qué no discuten de fútbol y en vez de ello “en los cafés, en las calles, en las tiendas, en los bares, en las escuelas y en los trabajos… se preocupa por otros temas… hoy dominan las pláticas sobre las elecciones presidenciales. Se habla más de la delincuencia y de la inseguridad que del mismo juego entre Alemania y México”. ¿Qué horror, no?

No le parece normal que por primera vez en muchos años, tantos como mi memoria alcanza, la gente se niegue a conformarse con el circo con el que nos distrajeron durante generaciones; del pan no hablemos porque aunque la mayoría estamos conscientes del enorme costo de ese platillo envenenado, aún quedan algunos millones de miserables dispuestos a vender su voto a cambio de unos cuantos panecillos duros que les ofrecen los mismos verdugos que han provocado su miseria extrema. ¡Que acaben para siempre el pan y el circo!

Sí, es muy probable; por primera vez en muchos años la gente está consciente de lo que significan las próximas elecciones y eso es como para llenarnos de gusto y esperanza. Por supuesto, y ya que hablamos en términos futbolísticos, sabemos que el partido no será parejo; que la mayoría de nosotros jugaremos en cancha ajena (a pesar de ser nuestra propia tierra); que en la tribuna actuarán como porristas desbocados los atildados billetudos que ven el próximo fin de sus pingües ganancias obtenidas al amparo del poder; que abundarán los jilguerillos y gacetilleros que elogiarán hasta el delirio las jugadas de sus equiperos y minimizarán las de los nuestros; que repartirán boletos, tortas y refrescos gratis para llenar con gente que muere de hambre, el estadio; que el sonido local, los abanderados y los árbitros (central y auxiliar) estarán prestos para aplicar en su favor las reglas; que el Comité de Apelaciones y hasta el propio Tribunal de Penas estarán de su lado. Que entre los jugadores rivales no faltará el mentirosín, el canallín, aquél que sonría ante las cámaras, sin darse cuenta de que en su gesto y actitud hay un tufo que delata su esquizofrenia y paranoia; por supuesto no faltará aquél que finja que la virgen le habla, el mustio, el mátalas callando, el que tira la piedra y esconde la mano, el que se de baños de pureza, el bragueta persignada que pretenda hacernos olvidar que, como decían nuestros más mayores: tanto peca el que mata la vaca como el que le detiene la pata.

Por primera vez en cuatro generaciones (las de mi padre, la mía, la de mis hijos y nietos), parecería que nuestra gente ha despertado y no está dispuesta a seguir desempeñando el papel de mirón de palo que le asignaron desde hace más de ochenta años. Por supuesto eso no quita que los días de juego en los bares, los restoranes o en nuestra casa disfrutemos con ese deporte que hace las delicias de millones de mexicanos; pero que la selección nacional de fútbol pase a segundo término y la preocupación principal de la sociedad, hoy por hoy, sean las próximas elecciones (presidente, gobernadores, senadores, diputados y presidentes municipales), me llena de esperanza y de júbilo; me lleva a creer que el pueblo harto de la inseguridad, la corrupción y la impunidad rampante está a punto de ponerles un hasta aquí, lo cual no resulta cosa menor. Ojalá que los resultados de estas elecciones sean apabullantes; tanto, como para evitar la tentación de un nuevo fraude cuyas consecuencias podrían ser impredecibles.

Qué bueno que aflore en la conciencia colectiva esa responsabilidad que tenemos con nosotros mismos y con la historia, porque no parece haber tiempo para más; porque este país vendido y traicionado mil veces por sus propios hijos no da para más. Salgamos a votar el próximo primero de julio, con alegría, con la certeza de que juntos cambiaremos ese maldito destino que parece perseguirnos sin darnos tregua; porque después de todo, y como dijera el canto de la Unidad Popular: Esta vez no se trata de cambiar sólo un presidente. En nuestras manos está…