• Alejandro Ordoñez González

Las tribulaciones de un frustrado viaje por la mar océana.

Para el Lobo de Mar Octavio Raciel, en su cumpleaños.

Por piedad, soltadme, os lo ruego. Por el amor de Dios, quitadme estas cadenas y grilletes que se me encajan en la carne viva, ¿no veis cómo estoy?, tengo el cuello, las muñecas e los tobillos llagados, no aguanto los dolores. Un poco de compasión, por la virgen santa. Ya empezó otra vez a gritar este perro sarnoso. Cállate, Colón, cállate. ¡Aguántate, carajo! Los vas a hartar y entonces verás si no nos echan a la mar con todo e cadenas. ¡Por piedad, un poco de agua! ¡Joder!, ¿no entiendes? No hay agua, ni hay pan, ni piedad, ni temor de Dios, a estas alturas no debe haber ni Dios, carajo. Tengo fiebre, siento que me quemo por dentro, un trago de agua, por amor de Dios. No hay Dios, Colón, no te hagas ilusiones, venía en una carraca genovesa y la atacaron unos barcos moros. Lo hicieron prisionero, ¿comprendes?, e como Dios era todo pobreza e humildad, e no tenía pariente rico que quisiede pagar su rescate, lo arrojaron a la mar, igual que te van a echar a ti y a todos los demás, si no te callas, no sabes cuan desalmados son los corsarios esterlines. Mejor encomiéndate a Satanás, no falla. Con decirte que es la tercera vez que me veo en estos trances e siempre he salido con bien, e sin pagar maravedí de rescate. ¡Encomiéndate a mi señor, no falla!

¿Quién es Colón? Yo, su excelencia. ¿Excelencia?, por Belcebú, sí que debéis estar loco, ¿no os dais cuenta que no soy excelencia? Tengo para mí que este encierro os volvió loco e agora razonáis como si fuedes un asno, pero no os preocupéis, tengo buenas noticias para vos: vais a dejar de sufrir. Esta mesma noche os habrá de tragar la mar, ¿comprendéis? Piedad, su excelencia, no quiero morir. No, tampoco los piojos habrán de querer que muráis, con lo buena comida que habéis resultado, os van a echar de menos, mirad, si estáis hirviendo dellos, pero es el caso que nadie dice conoceros en todo Portugal, e de vuestros parientes que dijedes ricos, nadie los ha visto por palacio, pero si vais al mercado, cosas distintas veredes y escuchares, todo el mundo los recuerda, pues a todo el mundo le deben e se fueron sin pagar e sólo el Diablo, mi patrón, sabrá dónde se encuentran. ¿E sabéis qué contestaron cuando pregunté si alguno de ellos quisiede pagar vuestro rescate? ¿Sabéis qué dijeron, bribón? Que sí, que entre todos habrán de juntar algunos doblones de oro para rescataros, e una vez que os tengan en sus manos, habrán de quitaros el pellejo a tiras e untaros sal para que vos e todos los demás que viven de lo ajeno aprendáis lo que puede costar no pagar vuestras deudas. ¡Piedad, un poco de piedad, os lo ruego! ¿Piedad, e quién tiene piedad de mi bolsillo? ¿Cuántos mordiscos de pan probáis al día, e cuántos sorbos de agua, creéis que soy rico acaso? Si ni siquiera habéis sido capaz de cazar una rata, por vuestra cuenta, para comérosla, me habéis decepcionado, sois un inútil. Tenéis dos años viviendo a mis costillas e no sois capaz de ganaros el pan que coméis, ¿qué sabéis hacer? Decídmelo agora, antes de que me impaciente y os mande con todo y vuestras cadenas a visitar al dios Neptuno, ¿oís? E no me salgáis, no me salgáis, más os vale, con que la tierra es redonda, que me importa un comino. ¡Capitán, capitán!, venid al puente de mando, es urgente, se avecina una tormenta, dice el piloto que es la más terrible tormenta que hayan visto sus ojos e que peor no nos podrá ir, pues estamos demasiado próximos a la costa, con fuertes marejadas, viento huracanado en contra, e gran riesgo de encallar. Carajo, eso me pasa por perder el tiempo en cosas inútiles. Capitán, yo puedo ayudaros, quitadme los grilletes y permitidme salir a cubierta. ¿Estáis loco, Colón? Confiad en mí, os lo ruego, no os arrepentiréis. A ver, vosotros, ayudadle a Colón con sus grilletes e llevadlo a cubierta. Por Satanás, éste si que me vio cara de asno.

Hmmm. Pues sí que sois bueno para barloventear, creí que nos estrellábamos contra los riscos. ¿Qué más sabéis hacer, Colón? ¿Creéis, que vuestras cartas de marear pudieran sernos útiles?¿Cuál es vuestro nombre, Colón? ¿Bartolomé? Por Satanás, mirad si no, tenéis nombre de navegante. ¿Habéis oído hablar de don Bartolomé Dias, aquél famoso capitán lusitano que descubrió el Cabo de Buena Esperanza? ¿Vos en persona estuvisteis ahí? ¿Lo juráis por Belcebú? Entonces vos también sois un descubridor. ¡Carajo! ¿Es cierto lo que dicen por ahí, que sabéis orientaros por la altura del sol? ¡Joder! E yo que creí que erais un asno, habrase visto. A ver, vosotros, servidle un buen vaso de vino, aquí, al capitán Bartolomé Colón. Amigo Bartolomé, ¿no os gustaría uniros a la tripulación?, seríais el segundo de a bordo. Qué lástima, con lo que me hace falta un hombre como vos. ¿Por qué a Inglaterra? ¿A poco pensáis que habrá de recibiros Enrique VII? No lo creo, es un miserable avaro, tendréis que buscar los fondos para vuestro viaje en otra parte. Os propongo algo: no puedo dejar que os larguéis así como si nada, ¿os imagináis lo que pensarían los hombres de mi tripulación? Dirían que tengo el corazón ansina de chiquito, lo cual fuede grave para la fama de aguerrido e desalmado que me he venido faciendo. ¿E qué diría el Diablo? No, amigo Bartolomé, no puedo dejaros ir ansí nomás, tendréis que pagar vuestro rescate con trabajo. Vendréis conmigo, me enseñaréis cuanto sepas de las artes marineras. Dos años se irán pronto e llegado ese tiempo, si todavía no nos cortan la cabeza, e insistís en marcharos, mi buque os dejará lo más cerca que se pueda de las costas inglesas, e si no os llevo hasta sus playas es porque mi cabeza tiene precio por aquellos lares, ¿estáis de acuerdo?

Mirad si sois confianzudo, capitán Bartolomé, ¿sabéis por casualidad cuánto cuesta el bajel que estáis hurtando de mi nave? A fe mía si no sois afortunado, de ser ciertas las mentiras que me habéis enseñado, en una hora las nubes cubrirán la luna y podréis llegar a salvo hasta la costa. Agora sólo faltaría que perdierais el rumbo y os fuerais rumbo al continente. Si lo decidís, de última hora, siempre podréis regresar al barco, por si eso aconteciede, los piojos e yo aguardaremos por vos algunas horas. Pronto, es el momento. No olvidéis vuestras cartas de navegación, ni vuestro mapa ese redondo que llevaréis al rey. Adiós, adiós amigo Bartolomé, que Dios o Satanás, que son hermanos, os protejan. Cuidaos e buen viaje. Procurad que no os vuelva a encontrar en medio del océano porque ya sabéis cómo calan mis grilletes. En serio, ¿no os comisteis al menos una de mis ratas? Por Belcebú juro que no os la cobraría. Ah, y por si de veras el mundo fuede una bola, os deseo que se cumplan vuestros deseos y lleguéis a salvo a Catay¡Hey! Bartolomé, si Enrique VII no patrocina vuestro viaje podréis contar conmigo, trabajáis gratis diez años y luego, si no nos han cortado la cabeza, nos vamos hasta las Indias esas. ¿Qué decís? En serio.

Capitán: está amaneciendo, don Bartolomé debe haber llegado hace mucho tiempo a la playa, resulta peligroso seguir aquí, la tripulación lleva horas esperando vuestras órdenes para zarpar, es hora de que también nosotros partamos.