• Alejandro Ordoñez González

Los diarios perdidos de Colón. (Fragmento).

Como es sabido el 12 de octubre de 1492 Colón descubrió América, la epopeya inició el 3 de agosto de ese mismo año, cuando zarpó del Puerto de Palos. La aventura empezó treinta años antes, cuando Cristóbal y su entrañable hermano Bartolomé cobraron fama merecida de ser aguerridos marineros. Durante años se mantuvieron pintando mapas, dijeron unos, haciendo cartas de marear, afirmaron otros. Cartas de navegación, decimos ahora. Se cuenta que todavía mejor marino que Cristóbal, era Bartolomé, por eso sorprende que no lo haya acompañado en el viaje del descubrimiento. La duda se disipa cuando se sabe que al viajar a Inglaterra, para buscar el patrocinio del rey Enrique VII, fue hecho prisionero por unos piratas esterlines, quienes secuestraban a los pasajeros para cobrar cuantiosos rescates.Cuando eso no era posible, aquellos pobres hombres eran esclavizados o asesinados. Por aquél entonces la familia Colón no podía ser más pobre, así que se duda que hubiera pagado un rescate; sin embargo, algo habrá ocurrido porque Bartolomé fue finalmente liberado. La siguiente narración imagina lo que pudo haber sucedido en ese barco cuyos marinos tenían fama de crueles y despiadados. Simple ejercicio de la imaginación. Espero les guste.

Por piedad, soltadme, os lo ruego. Por el amor de Dios, quitadme estas cadenas y grilletes que se me encajan en la carne viva, estoy llagado e no aguanto los dolores. Ya empezó otra vez a gritar este perro sarnoso. Cállate, Colón, cállate. ¡Aguántate, carajo! Los vas a hartar y nos echarán a la mar con todo e cadenas. ¡Por piedad, un poco de agua! ¡Joder!, ¿no entiendes? No hay agua, ni pan, ni piedad, ni temor de Dios, a estas alturas no debe haber ni Dios, carajo. Un trago de agua, por amor de Dios. No hay Dios, Colón, no te hagas ilusiones, venía en una carraca, la atacaron unos barcos moros e lo hicieron prisionero, e como Dios era todo pobreza e humildad, e no tenía pariente rico ni cardenal que quisiede pagar su rescate, lo arrojaron a la mar, igual que te van a echar a ti y a todos los demás si no te callas, no sabes cuán desalmados son los corsarios esterlines. Mejor encomiéndate a Satanás, no falla. Mira, es la tercera vez que me veo en estos trances e siempre he salido con bien, e sin pagar maravedí de rescate. ¡Encomiéndate a mi señor, no falla!

¿Quién es Colón? Yo, su excelencia. ¿Excelencia?, por Belcebú, sí que debéis estar loco, ¿no os dais cuenta que no soy excelencia? Tengo para mí que este encierro os volvió loco e agora razonáis como si fuedes un asno, pero no os preocupéis, tengo noticias para vos: vais a dejar de sufrir. Esta noche os tragará la mar. Piedad, su excelencia, no quiero morir. No, tampoco los piojos habrán de querer que muráis, pero es el caso que nadie os conoce en Portugal, e de vuestros parientes que dijedes eran recebidos en la corte de Juan II, nadie los recuerda. Pero si vais al mercado, cosas distintas veredes, nadie ha olvidado que se fueron sin pagar e sólo el Diablo, mi patrón, sabrá dónde se encuentran. ¡Piedad, os lo ruego! ¿Piedad, e quién tiene piedad de mi bolsillo? ¿Cuántos mordiscos de pan probáis al día, e cuántos sorbos de agua, creéis que soy rico acaso? Ni siquiera habéis podido cazar una rata, para comérosla, sois un inútil. Tenéis dos años viviendo a mis costillas e no sois capaz de ganaros el pan que coméis, ¿qué sabéis hacer? Decídmelo antes de que os mande con todo e cadenas a visitar a Neptuno, ¿oís? E no salgáis, más os vale, con que la tierra es redonda, que me importa un comino. ¡Capitán!, venid al puente de mando, dice el piloto que se aproxima una terrible tormenta e que peor no nos podrá ir, pues estamos próximos a la costa, con marejadas, viento huracanado en contra, e gran riesgo de encallar. Capitán, yo puedo ayudaros, quitadme los grilletes y permitidme salir a cubierta. ¿Estáis loco, Colón? Confiad en mí, os lo ruego. A ver vosotros, ayudadle a Colón con sus grilletes e llevadlo a cubierta. Por Satanás, éste sí que me vio cara de asno.

Hmmm. Pues sí que sabéis barloventear, casi nos estrellamos contra los riscos. ¿Qué más sabéis hacer? ¿Creéis que vuestras cartas de marear nos sean útiles? ¿Cómo os llamáis, Colón? ¿Bartolomé? Por Satanás, tenéis nombre de navegante. ¿Habéis oído hablar de don Bartolomé Dias, quien descubrió el Cabo de Buena Esperanza? ¿Vos estuvisteis ahí? ¿Lo juráis por Belcebú? ¡Carajo! ¿Es cierto que sabéis orientaros por la altura del sol? ¡Joder! E yo que creí que erais un asno, habrase visto. A ver vosotros, servidle un vaso de vino al capitán Bartolomé Colón y una luenga porción de pierna. Amigo Bartolomé, ¿no os gustaría ser mi segundo de a bordo? Qué lástima, me hace falta un hombre como vos. ¿Por qué a Inglaterra? Enrique VII no os recebirá. Os propongo algo: no os podéis largar como si nada, imaginad ¿qué pensarían los hombres de otras naos e los de mi tripulación? Dirían que tengo el corazón ansina de chiquito, lo cual fuede grave para mi fama de aguerrido e desalmado e no volverían a tomarme en serio. ¿E qué diría el Diablo? No Bartolomé, no puedo dejaros ir ansí nomás, pagaréis vuestro rescate con trabajo. Me enseñaréis cuanto sepas de las artes marineras. Dos años se irán pronto e llegado ese tiempo, si no nos han cortado la cabeza, mi buque os acercará a las costas inglesas, e si no os llevo hasta sus playas es porque mi vida tiene precio por aquellos lares, ¿estáis de acuerdo?

Mirad si sois confianzudo, capitán Bartolomé, ¿sabéis cuánto cuesta el bajel que estáis hurtando de mi nave? A fe mía si no sois afortunado, en una hora las nubes cubrirán la luna y podréis llegar a salvo hasta la costa. Si lo decidís, de última hora, siempre podréis regresar al barco, por si eso aconteciede, los piojos e yo aguardaremos por vos algunas horas. Pronto, es el momento. No olvidéis el mapa redondo que llevaréis al rey. Adiós, adiós amigo Bartolomé, que Satanás o Dios, que son hermanos, os protejan. Buen viaje. Procurad que no os vuelva a encontrar porque ya sabéis cómo calan mis grilletes. En serio, ¿no os comisteis alguna de mis ratas? Por Belcebú juro que no os la cobraría. Ah, y por si de veras el mundo fuede una bola, os deseo que se cumplan vuestros deseos y lleguéis a salvo a Catay y Cipango. ¡Hey! Bartolomé, se me ocurre algo, si Enrique VII no patrocina vuestro viaje podréis contar conmigo, trabajáis gratis diez años y nos vamos a las Indias esas. ¿Qué decís?

Capitán: disculpad, está amaneciendo, don Bartolomé debe haber llegado hace mucho tiempo a la playa, resulta peligroso seguir aquí, la tripulación lleva horas esperando vuestras órdenes para zarpar, creo que es hora de que también nosotros partamos.

Cabecita de muñeca.

Por Alejandro Ordóñez.

Hubo una vez una mujer, hace muchos años que, como diría después Elena Poniatowska, tenía el mar en los ojos, el agua salada se movía entre sus dos cuencas y adquiría la placidez del lago o se encrespaba, furiosa tormenta verde; pero eso fue antes, porque cuando la conocí mi madre y las de mis compañeros del kínder la llamaban cabecita de muñeca. Sus enormes ojos verdes brillaban como luciérnagas en la oscuridad y aunque para entonces se había convertido en una anciana andrajosa, nuestros padres aseguraban que había sido bellísima y su carita de muñeca, a pesar de la decrepitud y el excesivo maquillaje, daba cuenta de ello. Estaba loca y nos daba miedo a los infantes. Vivía al costado de la escuela, acompañada por 10, 15 o más gatos.

Más tarde supe que se llamaba Carmen, que su familia había sido adinerada y fueron dueños de un rancho donde ella, siendo apenas una jovencita, montaba desnuda a caballo. Su padre fue un traidor a la patria, diría mi abuelo. Se llamaba Manuel Mondragón, inventó diversas armas, entre ellas el primer rifle semiautomático del mundo, mismo que seguiría utilizándose durante la Segunda Guerra Mundial. Gran amigo de Madero lo traicionó, pues participó en el levantamiento de la Decena Trágica, se cree que al lado del chacal Victoriano Huerta participó en los asesinatos de Madero y Pino Suárez. Ella se educó en Europa, donde desarrolló sus dos pasiones: la pintura y la literatura. Casó con el pintor Manuel Rodríguez Lozano quien le presentó a Picasso, a Matisse y a Jean Cassou; más tarde posaría para Diego Rivera y, desnuda, para Edward Weston, el amante y maestro de fotografía de la bellísima Tina Modotti, quien fuera descrita por el poeta estridentista, Manuel Maples Arce, como una hermosísima mujer con ojos de estival encendido, labios carnosos, pechos ubérrimos y piernas… sumamente discretas.

Carmen, harta de su esposo, lo acusa de ser homosexual y lo deja, se dedica a escribir y a pintar; disfruta a plenitud de los placeres del cuerpo, se sabe libre y se rebela contra las normas impuestas por una sociedad hipócrita y ramplona, se hace amante de Gerardo Murillo, aquél a quien el célebre Leopoldo Lugones bautizara con el nombre de Doctor Atl, excelente pintor y vulcanólogo, Atl, a su vez, bautiza a Carmen con el nombre de Nahui Ollín, el cuarto movimiento, que simbolizaba para los aztecas el quinto sol o la destrucción de la tierra. Pronto su relación se hace famosa por las escandalosas escenas de celos que le hace ella y por las desenfrenadas relaciones sexuales que sostienen a menudo frente a los vecinos del ex convento de la Merced, donde viven, hasta que una noche Atl despierta con Nahui Ollín al lado y un enorme cuchillo en su cuello, mientras sufre lo que será la última escena de celos, porque Atl comprende que sus relaciones se han vuelto peligrosas y la abandona.

Nahui ollín cumple 40 años, conoce a Eugenio Agacino, capitán de un barco, se enamoran y cuentan que se convierten en la pareja ideal, Carmen disfruta por fin de una paz efímera porque Agacino, el amor de su vida, muere en un naufragio, ella se encierra en sí misma para llorar esa muerte de la que jamás podrá recuperarse. Su belleza se marchita, sigue pintando y escribiendo, pero se va quedando sola, muy sola, habrán de transcurrir más de 40 años, todavía, para que termine su tránsito humano; en el ínter, su salud mental se deteriora y aunque tiene una beca que le otorga Bellas Artes y una plaza de maestra de primaria, se le ve deambular, andrajosa, por los rumbos de la Alameda Central y San Juan de Letrán, rodeada de gatos callejeros, para ganarse la vida vende fotografías de cuando era joven, donde aparece desnuda. Nadie puede imaginar, al verla, que está frente a una de nuestras mujeres más hermosas, de los años veintes.

Esa es la turbulenta historia de Carmen Mondragón a quien mi madre y las de mis condiscípulos del jardín de niños llamaron “cabecita de muñeca”. Hoy deploro no haber tenido la edad suficiente para haberla valorado en vida, le habría manifestado la admiración y el aprecio que le tengo desde que supe quién era, porque en una época en la que prevalecía el más terrible machismo, cuando las mujeres eran consideradas menores de edad, sin capacidad para realizar actos jurídicos por sí mismas, ella, junto con Tina Modotti, Antonieta Rivas Mercado, Frida Kahlo, Nellie Campobello y otras, se convirtieron en verdaderos adalides de esa lucha que desde hace mucho tiempo libran las mujeres para dejar de ser un objeto y gozar de los mismos derechos que los hombres.

Y para despedir estas líneas nada mejor que repetir algo que Ollín le escribió a su madre cuando era una niña precoz de sólo 10 años: “No he vencido con libertad la vida, teniendo derecho a gustar de los placeres, estando destinada a ser vendida como los esclavos, a un marido”.