• Alejandro Ordoñez González

María del Mar


María del Mar, la de los ojos negros,

la de los ojos lindos,

la de la imprescindiblemente negra,

brillante, ondulante cabellera.

María del Mar, la de la cintura breve,

la piel apiñonada,

la del ligero caminar...

Aquella noche del cinco de enero María del Mar, con alas en los pies y el corazón tratando de escapar del pecho seguía ansiosa los pasos de Carlos; el peso de la mochila calaba sobre su espalda, con la camisa desgarrada por la maleza se esforzaba por alcanzar el infatigable correr de sus amigos. No lejos de ahí brillaba el lago de Nicaragua. Las últimas luces de las casas de Rivas se habían perdido horas antes. De repente Ernesto ordenó un alto en el camino mientras Carlos y Tomás se alejaban a explorar por los contornos.

María del Mar aprovechó la pausa para buscar con la mirada a sus estrellas consentidas: encontró a Sirio, a Casiopea y en la cintura de Orión halló a los tres reyes. Los tres reyes magos oscilantes, palpitantes, parecían acercarse más y más a la Tierra y la pequeña María del Mar, la de los diez abriles, recordó su hogar: oyó la vigorosa voz de su padre; sintió la ternura de su madre envolviendo inevitablemente todo; volvió a ser la chinita consentida de la casa, tocó la guitarra prohibida de papá, al llegar a su cuarto tomó entre sus brazos a Lupita, su muñeca de trapo consentida, lo que la llevó a mecer la M 1 que apretaba contra el pecho. Volvió la cara al firmamento y vio cómo los tres reyes magos se desprendían de Orión y bajaban desde el cielo. Quiero, dijo a papá, que los reyes magos me traigan una casa de muñecas, una cama para Lupita, un espejo. Di mamá que soy buena, que he sido buena, ¿verdad qué sí? Después, acompañada por tus padres, contemplas la noche cubierta de estrellas; y sí, ahí están, son los tres reyes que cintilan en el cielo y se alejan de Orión, dice mi madre. Uno es Melchor, aquél es Gaspar y el otro Baltasar, vienen montados en un camello, un elefante y un caballo para adorar al niño Dios; y claro, a llenar las cubetas que ponemos junto al nacimiento del niño Jesús para que el elefante, el camello y el caballo sacien su sed, mientras los reyes nos dejan los regalos. Luego la voz decidida de papá que dice: mi china, mi changuito, a la cama y ya ahí espías por la entreabierta cortina de la alcoba y ves cómo de veras se acercan a la tierra las tres estrellas de los magos. Los nervios se apoderan de ti, atisbas sigilosa y de pronto el polvo que desprenden las pezuñas de sus animales te cae en los párpados y éstos te pesan, te arden, y son tan fuertes esos polvos que te hacen dormir para que no sorprendas a los reyes. Al otro día aparecen la casita, el espejo… y los cubos de agua vacíos y a veces volcados son testigos de algo mágico que vino y que se aleja; y en la noche la rosca y el niño, y de repente la mano de Carlos acaricia tu hombro mientras te dice con miedo: adelante. Y tú, sin poder contener tu vergüenza, preguntas ansiosa: ¿Carlos, crees en los reyes magos?, y él te dice presuroso: claro, pero vamos, ¿no ves que los milicos andan cerca?

Llega como un zumbido de abeja, después un enjambre te agrede con su luz y con su fuego; el impacto destroza lo que toca y tú aprendes que ese zumbar es de granadas o de obuses y sabes que hay que estar atenta para brincar al suelo y apretarte contra la tierra. Te tiras, te arrastras, cierras los ojos y aprietas las mandíbulas, sientes un baño de piedras ligeras que te alcanzan, sabes que el peligro ha pasado y vuelves a escuchar, a estar atenta; sucede entonces que la metralla muerde la carne de un amigo, corres hacia él, sientes el olor a pólvora, a carne quemada y al tratar de reanimarlo sientes cómo se escapa entre tus manos la sangre de Carlos, la vida de Carlos. Te llevas las manos a la cabeza y gritas como loca: Ernesto, Tomás, chillas y te revuelcas, y unos segundos después, que duran varios siglos, Ernesto te calma mientras Tomás controla aquella herida. Después, con Carlos sobre los hombros, reemprenden la infernal huida, mientras el cerco de la guardia nacional se cierra y tú rezas para que Carlos no se muera, porque aparezca pronto la carretera panamericana y lleguen a salvo a Costa Rica.

No entiendes por qué de pronto se rompe la calma; la gente se une al Frente Sandinista; tu padre organiza brigadas, tu madre reúne voluntarias y una tarde el zumbar de los aviones anuncia el ataque de Somoza; caen bombas sobre las calles; los helicópteros vomitan paracaidistas. La resistencia repele los ataques y un triste día llegan los milicos de la guardia por tus padres y tu hermano, únicamente tú logras escapar escondida en el fondo del pozo, sólo cuando el resplandor de las llamas ha cesado te atreves a salir de ahí; ves tu casa destruida, escuchas los lamentos de las bestias que agonizan, oyes desde lejos las voces de los vecinos que pretenden ayudarte y tú, temblando de rabia y de tristeza, decides unirte a los del Frente, hasta la victoria siempre.

Cerca de la carretera hacen un alto, Carlos está grave, tratas de calmarlo: pronto llegaremos al poblado de La Cruz, Ernesto está buscando un vehículo que nos lleve. Carlos aprieta tu mano y te pregunta: ¿María del Mar, crees en los reyes? Le dices que sí, que por supuesto; y él, enfebrecido, te pregunta: ¿cuál de ellos crees que nos traiga los regalos a los niños morenos? Lo ves cuan largo es y te preguntas cómo es posible que Carlos, a sus doce años, te haga preguntas tan estúpidas en momentos como ése, pero te calmas y le dices cariñosa: seguramente Baltasar, que es negro, ¿no ves que los otros se parecen al Tacho?, él sonríe y tú le dices: vamos a pedirle a los reyes que nos salven y sientes que el fino polvo que desprenden las pezuñas de sus animales les cae en los párpados y éstos les pesan, les arden y son tan fuertes esos polvos que los hacen dormir para que no sorprendan a los reyes.

Cuando Ernesto regresa te despierta, dice que un camarada los llevará en su camión al poblado de La Cruz, en Costa Rica; sorprendida observas que la herida de Carlos ya no sangra. Te metes bajo la lona del camión de redilas, sientes el vaivén de la máquina; de repente chillan los frenos, las ruedas se detienen y Ernesto murmura: maldición, hay un retén en la frontera, nos han atrapado. La mano de Carlos se entrelaza a tus dedos y un frío sudor recorre tu columna; escuchas voces, el señor del camión jura que lleva paja solamente; resuenan las botas contra el pavimento; escuchas la risa grosera del sargento; se aproximan los pasos, se levanta violenta la lona que los cubre y una enorme mano hurga entre la paja; se acerca a ti, toca tu rostro, aparta la paja que lo tapa y queda frente a tu faz la cara de un milico flaco, desgarbado y negro; y tú rezas, imploras en silencio y piensas: es Baltasar que viene a salvarnos, ¡Bendito Dios! Te relajas, suspiras y ves una sonrisa chimuela que grita: ¡Adelante, pasa, no hay nadie!, mientras limpia con sus negros dedos, las lágrimas que corren por tu cuello

Por fin solos.

Para Octavio Raciel, colega, amigo.

A propósito de piedrecillas…

Por Alejandro Ordóñez.

Llegué a casa a media noche, después de un agotador día de trabajo. Tenía semanas en que mi horario de labores, en la redacción, se extendía más allá de lo razonable. Para colmo, las pesadillas no cesaban. En cuanto quedaba dormido soñaba tragedias y desgracias: de pronto era un corresponsal de guerra al que degollarían los talibanes o era víctima de un accidente aéreo o me encontraba entre los rehenes de un ataque terrorista, cuyo desarrollo iba narrando en breves mensajes que enviaba al Diario a través de mi teléfono. Un sueño recurrente que me atormentaba y del cual no me era fácil despertar, por más que me esforzara, era aquél en el que me encontraba dentro de una angosta caja de metal, trataba de levantar las manos para abrir la tapa pero me era imposible, sentía como si fuese descendiendo por un abismo, percibía como la caja golpeaba contra los cantos de aquel hoyanco y para colmo escuchaba voces, gemidos, lágrimas, rezos; de pronto empezaba a caer una lluvia fina de piedrecillas y de arena que producía un ruido como si se hubiera desgajado un cerro sobre un automóvil. Las paladas de tierra no cesaban, aunque cada vez eran más tenues. Comprendía que me estaban enterrando vivo. Golpeaba la tapa del ataúd y gritaba con tanta fuerza y desesperación que a menudo despertaba a mi pareja sentimental de aquella noche quien, sin entender lo que ocurría, terminaba dando gritos como si la fueran a matar y así, nos fundíamos en un abrazo entre un mar de llanto. Por supuesto esa joven no volvía a quedarse a dormir en mi casa, ni esperanzas de que quisiera venirse a vivir conmigo.

Bebí un vaso de leche tibia y apagué la lámpara. Un sueño lúdico me llevó en veloz viaje hasta una iglesia. Era una boda de gente adinerada. La novia parecía salida de un magacín de modas. Alta, esbelta, elegante, guapa, guapísima. La fila para abrazarla era larguísima, yo no sabía qué papel jugaba en esa ceremonia pero me formé entre la multitud que reía festiva. Cuando estaba a punto de abrazarla y por qué no, de besarla, la iglesia se oscurecía, las risas se trocaban en lágrimas y la joven que hacía segundos reía feliz se encontraba solemne y seria, vestida aún de novia, con las facciones afiladas por la muerte, dentro de un féretro. Notaba que alrededor se hacía un silencio agobiante y luego éste era roto por gritos, acusaciones, como si fuera yo el responsable de aquella tragedia. Trataba de huir pero la gente bloqueaba la entrada y unas jovencitas me reprochaban haber propiciado, con mi conducta, la muerte de su amiga. Alegaba no sé qué en mi defensa y corría y corría. Luego el ruido y las chispas de las latas rozando el pavimento crecía, los cláxones pitaban ensordecedores, los amigos nos cerraban el paso, bloqueaban las avenidas y descendían de sus autos para gritar: ¡Vivan los novios! Mi flamante carcacha lucía en los cristales y hasta en la carrocería letreros de “recién casados”.

Llegamos al hotel, cargué a la novia que, como dije, era alta, elegante, esbelta y guapa, guapísima. Entramos a nuestro cuarto, repetimos: “por fin solos”, nos besamos; con calma, sabedores de que el tiempo nos pertenecía, empezamos a acariciarnos. Ella subió una pierna sobre la cama, yo deslicé mi mano por su pantorrilla, subí al muslo, palpitante y tibio, encontré una liga, la fui deslizando suavemente, disfrutando el contacto de mi mano con la media, bajé hasta su tobillo, y antes de extraer y aventar la liga al suelo besé su pie. Nos desnudamos, con la lengua fui libando el sabor agridulce de su piel. Bebí de sus esteros perfumados y frescos y nos amamos como si en ese momento se fuera a terminar el mundo.

Apagué de un manotazo el ronco zumbido de la alarma, sentí su cuerpo a mi costado y volví a dormir. Me despertó la claridad de la mañana, el cuarto olía a nardos, jazmines y rosas; sus huellas en la almohada de al lado y algunos cabellos largos y ondulados acentuaban su ausencia. En el suelo una liga blanca y sobre la cama un ramo de novia…