• Alejandro Ordoñez González

Misión espacial Survival.

Houston tenemos un problema, hemos perdido la comunicación. Atención puesto de control en Houston, aquí misión Survival, se ha perdido todo contacto con el planeta. ¿Hay alguien que nos esté escuchando? ¿Moscú, Beiging, algún país aliado de la OTAN? Esta es la misión espacial Survival, ¿puede oírme alguien en La Tierra?

He ordenado la suspensión del mensaje para no seguir inquietando a la tripulación, de cualquier manera no debe haber sobrevivientes. Con precisión cronométrica vimos el momento en que la esfera azul, nuestra madre Tierra, se convertía en una bola de fuego; primero fue la fuerte explosión que produjo el asteroide gigante al hacer contacto; luego, la nube se fue extendiendo hasta cubrir el planeta. En veinticuatro horas los océanos habrán entrado en ebullición antes de desaparecer; la temperatura habrá incendiado los grandes bosques de Canadá y Rusia, así como las selvas del Amazonas y Oceanía. Un enorme tsunami de material sólido e incandescente habrá llegado a miles de kilómetros del punto de impacto y la atmósfera ardiente habrá terminado con toda forma de vida, incluyendo la humana y todos sus adelantos logrados durante siglos de esfuerzo y lucha constantes. Difícil sobreponerse al dolor que produce pensar que nuestra especie está a punto de extinguirse y que somos el último esfuerzo desesperado de una civilización por sobrevivir a la catástrofe.

Hemos desconectado los relojes que marcaban las horas y las fechas porque al desaparecer la tierra han dejado de tener sentido; hoy, si Einstein tuvo razón, estamos más allá del tiempo y lo que en el planeta pudieran significar años, para nosotros serían minutos, con esa relatividad de tiempo y espacio.

Viajamos a velocidades inauditas gracias a nuestros motores de fusión nuclear y a que aprovechamos la fuerza gravitacional de los planetas que nos van lanzando como lo hacían las hondas con las piedras. Si encontramos el planeta adecuado, traemos en la nave los elementos que nos permitirán reproducir variadas especies de flora y fauna terrestre. Somos una moderna Arca de Noé, transportamos semillas y tubérculos, así como vida embrionaria para reproducir aves, peces y animales que habitaban sobre la superficie, como los mamíferos y por supuesto los seres humanos. A solas me pregunto si no será que la Biblia tenía razón y que entre la fantasía y la leyenda se entremezclan hechos reales y si no será que esos seres primitivos y ancestrales, ante las limitaciones de su vocabulario, no encontraron mejor vocablo que arca para describir aquel barco que llegó navegando por el espacio, de cuyo interior fueron surgiendo animales y plantas desconocidos por ellos, hasta entonces.

Hemos tenido falsas alarmas de variados tipos; en ocasiones creímos haber recibido mensajes de seres inteligentes pero al final hemos concluido que simplemente son los sonidos del cosmos; avistamos algunos planetas que parecían reunir las condiciones idóneas para nuestra supervivencia pero al final desistimos por diversas razones. El ánimo abordo decae inevitablemente. Hemos perdido la noción del tiempo y a ciencia cierta ignoramos inclusive cuál pueda ser nuestra edad cronológica.

¡Por fin! Comprendemos lo que habrán sentido los marinos de Colón al avistar América. La información que nos proporciona el computador nos hace abrigar nuevas esperanzas. Primero fue la oficial del radar, luego la tripulación se unió al coro: ¡Tierra, tierra, tierra a la vista! Y las carcajadas, los bailes y los cánticos invadieron la nave cuando desde las escotillas se dibujó una esfera azul. Estimaciones preliminares indican que tiene grandes océanos que cubren el 70% de su superficie; su circunferencia es de aproximadamente 40,000 kilómetros, posee una ancha franja de atmósfera y se halla a 150,000 kilómetros de la estrella brillante a cuyo alrededor giran éste y otros planetas que componen su sistema. Conforme nos acercamos hemos hecho nuevos descubrimientos: construcciones piramidales nos hacen presumir la existencia de seres inteligentes.

Finalmente nos posamos en el planeta. La nave descendió en una planicie que encontramos en lo alto de una montaña. A pesar de nuestra intención de pasar desapercibidos, algunos miembros de los pueblos nativos del planeta escalaron la cumbre con el propósito de investigar qué era lo que había producido esa bola de fuego que descendió de los cielos. Menudo susto se habrán llevado al vernos con nuestros cascos y equipos de astronautas pues decidimos no prescindir de ellos hasta que nos fuéramos aclimatando paulatinamente a las condiciones climáticas del planeta. Por supuesto la comunicación sólo se pudo entablar a señas, aunque advertimos que nos llamaban malaj y nos hacían grandes reverencias. Vistas sus intenciones pacíficas decidimos acompañarlos a su aldea donde fuimos recibidos con júbilo. Al patriarca le obsequiamos un pectoral en el que se prendían focos azules y rojos cuando las cámaras y los micrófonos funcionaban; en el centro de la aldea plantamos un enorme tronco del que pendían también cámaras y micrófonos que nos permitieron conocer sus costumbres y, aspecto fundamental, recoger sus palabras, lo que permitió a nuestro computador descifrar su lenguaje.

Han pasado los años, paulatinamente fuimos mejorando sus condiciones de vida, las especies vegetales del planeta fueron enriquecidas con nuestras semillas de trigo, maíz y avena. A la fauna autóctona se incorporaron las especies que trajimos de la tierra, que cuidadosamente fuimos reproduciendo.

El gran dilema era cómo lograr que esos seres pudieran alcanzar un mayor desarrollo, sin interferir demasiado en sus costumbres y en sus creencias. Convencidos de que la carga genética de un ser humano primitivo tendría que diferir sustancialmente de aquellos seres que provenían de civilizaciones avanzadas, decidimos provocar el cambio desde dentro de los propios pueblos, así que empezamos a fecundar a sus mujeres con el material genético que traíamos de la tierra, con la esperanza de que esos nuevos seres fueran la vanguardia, los avatares de su tiempo, de todos los tiempos…

En ese aspecto nuestro máximo tesoro era el material que el doctor Thomas Stoltz extrajo del cuerpo de Albert Einstein, recién fallecido, mismo que con gran sigilo se mantuvo congelado durante años, con la esperanza de utilizarlo algún día. Como la fecundación sería in vitro resultaba indispensable evitar cualquier contaminación así que decidimos hacerlo con una mujer virgen; sin embargo -dadas las rígidas costumbres de ese pueblo-, para evitar que fuera lapidada teníamos que convencerlos de que la joven no había pecado y que a pesar del embarazo se mantenía virgen, ya que el ser que albergaba en su vientre había sido engendrado por Dios.

Un atardecer uno de nuestros malaj bajó de la montaña llevando las buenas nuevas: Esa joven tendría un hijo de Dios, en el entendido de que nadie podría ver al padre porque éste era un espíritu -no lo dijimos pero estaba muerto-. A partir de ese razonamiento la criatura fue aceptada en su comunidad y cómo no iba a serlo si por su conducto ese pueblo elegido recibiría las bendiciones del Dios Hijo, del Dios Padre y del Dios Espíritu.

Los años han pasado, de la tripulación original quedamos unos cuantos mas vieran cómo disfrutamos cuando al atardecer nos reunimos frente a nuestras chozas para observar cómo el nuevo hombre es capaz de encontrar, aún en el más terrible infortunio, tiempo para amar a su mujer, para criar a sus hijos y apacentar su ganado, para ver cómo crece la sementera y en el tiempo de la cosecha disfrutar con lo que ha sembrado. Para ver que lo espera al volver por la tarde a su casa, la fresca agua del río, la tibia leche de cabra, el suave pan de trigo y la dulce miel de sus colmenas. Para escuchar cuan letanía como repite las oraciones de la noche sabedor de que encontrará en el lecho, aguardándolo, el suave cuerpo de su mujer, su ternura y su sabiduría y que tendrán la noche completa para que abrazados sueñen con la esperanza de un nuevo día.

Definitivamente hemos concluido que el hombre no pudo ser originario de aquella Tierra, ni de ésta, ni de ninguna otra porque finalmente el hombre es el hijo de las estrellas, de esos astros que prodigiosos iluminan por las noches el cosmos infinito…