• Alejandro Ordoñez González

Operación Matrioshka.

Para Guillermo del Toro

Por Alejandro Ordóñez.

Se conocieron por casualidad, aunque sería mejor decir por el error de un aprendiz de la editorial que confundió y mezcló las páginas de ambas series, creando una confusión. Eran las revistas de aventuras más buscadas por los lectores que cansados de esos superhéroes dueños de poderes inverosímiles, buscaban personajes semejantes a ellos. La historieta de él aparecía los lunes y para el miércoles, cuando publicaban la de ella, la edición se había agotado, así que fueron pocas las veces que coincidieron y sus portadas quedaron contiguas en los exhibidores. El primero que mostró interés fue él pues su mirada brillaba al contemplar a esa mujer que habría pasado desapercibida en cualquier lugar público, aunque sus facciones finas y aire intelectual resultaban interesantes. Ella, poseedora de extraordinarios poderes psíquicos, trató de leerle el pensamiento, algo que fue imposible y la hizo pensar que tal vez aquel hombre tuviera una mente tan poderosa como la de ella o fuera un imbécil.

Él era originario de una pequeña población de Nevada, cercana a la famosa Área 51, sede de la Atomic Energy Commission, aunque su identidad era más que dudosa pues nadie lo recordaba y sus registros académicos y laborales resultaban poco creíbles. Por su aspecto y las misiones peligrosas y casi imposibles que llevaba a cabo, los lectores suponían que era un agente de la CIA o de una fuerza militar de élite y si bien no poseía superpoderes, su complexión atlética y rostro inexpresivo imponían respeto. Trabajaba y vivía solo y era lo que llamaban un lobo solitario.

Ella provenía de Ekaterimburgo, en la región de los Urales; sus padres, dos connotados científicos, se dedicaban a la investigación de los poderes psíquicos y percepción extrasensorial, así como del óptimo aprovechamiento del cerebro humano. Investigadores y conejillos de indias de sus propios descubrimientos, vieron con terror cómo eran obligados a experimentar con su pequeña hija, por lo que condicionaron su colaboración hasta que el Estado aprobó que la bebé fuera dada en adopción a dos científicos ingleses.

La niña mostró pronto sus facultades extrasensoriales y una semana antes de los terribles atentados de Nueva York viajó a los Estados Unidos junto con niños genios de otros países. De visita en la Casa Blanca, frente a la prensa internacional que cubría el evento, llamó la atención de aquel ser caricaturesco: “Señor presidente, las Torres Gemelas de Nueva York…” Iba a continuar: “están en grave peligro”, cuando descubrió en la sonrisa irónica de aquel ser al autor intelectual de todo ello y lo que le ocurriría a ella si develaba y echaba por tierra esa puesta en escena cuidadosa y cruelmente planeada, así que concluyó con una tontería que el pobre diablo celebró con estas palabras: qué bueno que los niños genios sigan siendo niños…

Con expresión impasible y sin mover un músculo facial, nuestro superhombre escuchó su nueva misión. Una espía rusa, dijo la voz metálica de la grabación. Una espía rusa anda husmeando en asuntos considerados secretos de estado, cuya filtración pondría en grave riesgo al país. Sabemos que realiza sus investigaciones en nuestro territorio y en otros escenarios donde hemos estado presentes. Tu propia identidad parece preocuparle, ¿comprendes? Se trata de información vital, no podemos arriesgarnos al descrédito y ridículo internacional o a que se conozca la fuente de muchos de nuestros adelantos científicos y tecnológicos. No contamos con más datos, ni siquiera fotografías o referencias biográficas de ella, tu misión es identificar a ese ser escurridizo y acabar con él. Operación Matrioshka la llamaremos.

Y la pequeña superheroína se hizo mujer. Los poderes psíquicos y percepción extrasensorial que poseía, unidos a su visión de hechos por suceder o acontecidos y su capacidad para leer la mente la llevaron al campo de la investigación criminológica, donde destacó al grado de ser requerida por potencias mundiales para que se hiciera cargo de asuntos confidenciales, aunque en el fondo se preguntaran si no sería espía. Fue así como unos misteriosos personajes le encargaron averiguar qué había detrás de la leyenda del Area 51, conocida también como “El incidente de Roswell”. Por supuesto, debido a la confidencialidad del asunto, ella no entregaría evidencia documental pero, dada su fama, confiarían en su palabra. Algo les preocupaba sobremanera: la inteligencia artificial y sus robots de apariencia humana.

Se mudó a Nevada, se introdujo en la colonia militar donde vivían los altos mandos al cargo de la base, se hizo amiga de sus esposas, de sus hijos y hasta de ellos, fue invitada a barbacoas, veladas musicales, cenas, picnics y pronto su presencia se hizo indispensable. Soportó el coqueteo y acoso de sus maridos y por fin accedió a los requerimientos pasionales del general en jefe, quien tenía acceso a todos los archivos. Se vieron en la suite cara de un hotel lujoso de Las Vegas, ella se fingió inocente y… tonta. Hizo sentir que admiraba a aquel tipo que presumía saber todos los secretos. Después de la cena ella quiso brindar con champán; él ordenó la botella más cara. Ella le mostró el atrevido negligé que había escogido para la ocasión y, ya se sabe, en un descuido vertió algunas gotas de un mágico elixir. Se retiró al baño para ponerse la cara lencería y al volver lo encontró sobre la cama en estado semiinconsciente. Lo besó, lo acarició y con ruidosas exclamaciones le hizo creer que estaban en el momento cumbre del acto amatorio, lo que lo hizo sentirse macho alfa al día siguiente. En el ínter hacía preguntas ingenuas a las que él, como buen soldado afirmaba no poder contestar o de plano desconocer, porque ya se sabe que el entrenamiento militar los prepara para resistir la tortura más extrema. Pero lo que la boca calla, la mente no y así se enteró que en efecto en aquella base se experimentaba con los materiales extraídos del famoso ovni accidentado del Incidente Roswell, de los cuerpos de aquellos seres extraterrestres, de la información que había servido para los viajes espaciales, sus trajes y los instrumentos de comunicación que se habían filtrado hasta las propias casas en forma de imagen o de voz.

De todo dio cuenta a los emisarios; en especial, de algo que les preocupaba: la inteligencia artificial. Estaban trabajando en un proyecto fundamental: robots que parecían tener vida propia, con apariencia de ser humano, con piel y órganos que ni siquiera los más sofisticados aparatos de rayos x o escáner podrían detectar como falsos. Capaces de abrigar los más profundos sentimientos humanos: dolor, placer, alegría, tristeza, odio, amor… Aunque incapaces de pensar por sí mismos, estaban capacitados para seguir instrucciones y tomar decisiones lógicas con base en tablas y algoritmos, acordes a su misión.

Emisarios de un país asiático la contrataron para evidenciar a los gringos sobre la verdad en el asesinato de Bin Laden y voló a Abbottabad, Pakistán, al sitio en que aquél murió. Nadie quiso hablar así que tocó los muros, las piedras, la tierra, se dejó envolver por el ambiente y se concentró durante horas enteras, sin probar alimento ni bebidas; desfallecía cuando tuvo una visión: Aterrizaba un helicóptero al costado del edificio, bajaba un tipo atlético, entraba a la casa; salía acompañado de un individuo flaco y larga barba blanca ¿Era Bin Laden? Subían al aparato y descendía de él otro sujeto muy parecido y vestido igual que Laden, que se introducía a la casa antes de que el helicóptero despegara.

Pasaba la media noche cuando tuvo otra visión: volvían dos helicópteros, bajaban varios militares con armas de alto poder, comandados por el hombre vestido de civil de la visión anterior; allanaban la casa, se escuchaban gritos, el civil apuntaba su arma hacia el suplantador, las mujeres decían que no, rogaban piedad, lloraban, gritaban. El hombre levantó la mano como queriendo protegerse de los disparos que veía venir mientras gritaba con voz ronca: ¡Traición, traición, traición…! a una señal del comandante los soldados descargaron sus ametralladoras en su rostro y cabeza, hasta que las paredes quedaron salpicadas con pedazos de masa encefálica y sangre y volaron en el aire trozos de huesos. Introdujeron los restos sanguinolentos en un saco y lo subieron al helicóptero del comandante quien se dirigió al mar y ya ahí arrojó hacia sus aguas profundas los restos del individuo. La despertó el frío del amanecer, temblaba por la impresión y el miedo. Los muros, las piedras, los árboles hasta el mismo viento parecían repetir un grito que resonaba en sus oídos: ¡Traición, traición, traición! y el desesperado llanto de las mujeres.

Fue en ese instante en que el aprendiz de la editorial confundió y mezcló los textos, entrecruzándose las historias de ella y del superhéroe. Sintió que una cálida mano acariciaba su barbilla, la levantaba y la llevaba cargada hasta su auto. La ponía de pie y antes de subir al vehículo la abrazaba, acariciaba y consolaba como si se tratara de un niño. Ella recordó la separación de sus padres que angustiados lloraban al momento de subirla al avión, sus miedos y esa cálida sensación al sentir las caricias de su madre adoptiva; él, cariñoso, apartó el cabello que cubría su cara y la reconfortó con dulces palabras. A ella le impresionaron la seriedad de su rostro inexpresivo, su porte atlético y la ternura que brotaba tras esa ruda apariencia. Él quedó prendado de esa mirada en la que brillaba la inteligencia, su aire culto y apariencia distinguida. Diríase que fue amor a primera vista aunque ella se sintió desconcertada cuando intentó leerle el pensamiento y conocer sus intenciones pues parecía poseer tal control de su mente que era imposible cualquier intromisión; no obstante ella, incapaz de percibir las emociones ajenas, comprendió que también estaba impresionado.

Decidieron dejar a la brevedad esa tierra que se antojaba peligrosa, viajaron a Paris y acordaron pasar algunos días juntos. Las horas se volvieron una vorágine y fueron testigos de esa insaciable pasión. Ultima noche, cenaron en un restorán elegante y decidieron dar un paseo por las orillas del río Sena; caminaban abrazados, una mujer indigente se dirigió hacia ellos; no le dieron importancia, de pronto comprendió todo: ¡Cuidado! Gritó con voz desgarrada por el terror, pero ya era tarde; él, con grandes reflejos la cubrió con su cuerpo, escuchó dos detonaciones, pero más que nada sintió cómo impactaban en el tórax de su amante y lo hacían estremecer, ella creyó que caería fulminado, pero él sacó su arma y disparó repetidamente a la cabeza de la menesterosa; caminó hacia ella, registró su canasta y ropa hasta encontrar su documento de identidad: un pasaporte soviético a nombre de Tatyana Rushynkova que guardó en sus bolsillos. La cargó como si se tratara de un bebé y la arrojó a la corriente del Sena; después, con tono tranquilo preguntó si se había espantado; la abrazó y la tranquilizó como lo hiciera cuando se conocieron.

Ninguno preguntó ni dijo nada, pero él insistió en hacer el amor con la luz apagada; mientras se duchaba, ella revisó su ropa, vio los dos orificios en la camisa, quemados en las orillas, todavía con olor a pólvora. Al día siguiente se despidieron sin tristezas ni promesas o muestras de dolor. El redactó su reporte para el alto mando: Misión cumplida, Tatyana Rushynkova, alias Matrioshka, descansa en el Sena…

Aún no despegaba su avión cuando ella comprendió todo: había conocido y cohabitado con el desalmado hombre que cambió y salvó al auténtico Bin Laden; el individuo que de seguro le tomó muestras de ADN para engañar a la opinión pública y lo sustituyó por un pobre diablo al que habrá comprado por una buena cantidad de dinero, así como la promesa de respetar su vida, cuyo cuerpo arrojó al mar para que nadie se diera cuenta de la suplantación. Comprendió también que el encuentro en Pakistán no había sido casualidad y la razón que lo llevó ahí. Sintió un estremecimiento, vivía de milagro. Todavía más, confirmó sus hipótesis de trabajo sobre lo que ocultan en el Area 51, sede de la Atomic Energy Commission; sí, repitió en voz baja, la inteligencia artificial es un hecho y están aquí mezclándose con nosotros.

Ciudad de México, enero de 2018.