• Alejandro Ordoñez González

Réquiem por la justicia

23 marzo, 2012


Ministros Olga Sánchez Cordero y Arturo Zaldívar Lelo de Larrea: Hay hombres que nacen póstumos, que son sus propios padres, sus hijos, sus maestros; que brotan en el erial como dos florecillas silvestres después de la tormenta; seres cuya mente brilla en la oscuridad con la intensidad de una candela; adelantados a su tiempo, voces que claman en el desierto y que en vano intentan alertarnos del temporal que se avecina, porque si bien hace doscientos años rompimos las cadenas de la esclavitud, seguimos siendo esclavos de la ignorancia.


Sí, hay hombres que nacen póstumos, que para mayor pesar han de enfrentar a una opinión pública desinformada, distorsionada de forma dolosa por voces que pretenden enfrentar, malintencionadamente, los derechos de las víctimas, con los derechos de los procesados, en olvido de que ambos deben concurrir armónicamente y de que mientras no se demuestre lo contrario, se es inocente. Todo ello mientras los judas vociferantes, delirantes, exigen venganza -que no justicia- y cuentan a solas sus trece monedas. Por cierto, señora, cuando inició usted ese terrible viacrucis que maravilló a tantos: ¿se imaginó alguna vez tener a esos compañeritos de pupitre? ¿En sus más terribles pesadillas se soñó ondeando las banderas y defendiendo los ideales de sus ahora contlapaches?

Y allá va el equilibrio de poderes, que dijera el Barón de Montesquieu, de la ceca a la meca y de Herodes a Pilatos, porque en olvido del respeto que se deben entre pares, con retórica falaz y atropellada vulneran a las instituciones que juraron defender. En tanto, la justicia se convierte en víctima propiciatoria de ese affaire cuyos propósitos no alcanzamos a comprender el común de los mortales, pero del cual resultamos damnificados todos porque hay el riesgo de que el majestuoso edificio de la Suprema se convierta en mausoleo.

Por eso, parafraseando a Nietzsche, podríamos decir que la justicia -el valor más poderoso que una sociedad pueda poseer- ha muerto, aunque quizás su muerte ocurrió hace tiempo, sólo que, a pesar de los presuntos culpables, no nos habíamos querido dar cuenta. Y ahora, ¿quién rescatará el prestigio de México?, porque es difícil que la comunidad y los tribunales internacionales, al ser requeridos, acepten los argumentos esgrimidos hasta ahora.

¿Qué será de tantos mexicanos que emigran a otros países cuando deban enfrentarse a sistemas jurídicos que desconocen, bajo procesos e idiomas que no dominan? ¿Habrá algún alma piadosa que les brinde el auxilio que ahora negamos a esa extranjera que cruzó por estas tierras? ¿Y los que vivimos aquí, seremos vejados por montajes (recreaciones les llaman), que nos humillen y ultrajen públicamente sin que los responsables sean sancionados? ¿Violarán nuestros más elementales derechos humanos bajo el argumento de que lo anterior no corrompió el procedimiento, ni afectó la sentencia que dictaron los tribunales? ¿Y los testigos podrán recomponer una y otra vez sus versiones hasta que sus palabras nos hundan?

Que ganamos todos, dicen, que no perdió nadie porque la muy respetada y digna ministro Olga Sánchez Cordero se hará cargo de un nuevo proyecto, aunque se ve difícil que el fallo de la sala cambie; y así, en esta nación polarizada, mientras unos festejan otros se preocupan porque lo que acabamos de ver es un retrato fiel de nuestro sistema de impartición de justicia y, la verdad, da miedo.

Sí, la justicia -el valor más preciado de toda sociedad- ha muerto, sus restos mortales se velan en la capilla ardiente número uno, de la Suprema Funeraria. Se ruega a los dolientes abstenerse de enviar coronas o flores.

Descanse en paz.

Así sea.


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