• Alejandro Ordoñez González

Travesía nocturna número uno.

Llegó muy noche, fuera de sus horarios y de sus rutinas, sin excusa ni coartada. Traía las mejillas sonrosadas, como si viniera del gimnasio, el peinado impecable, sin un mechón fuera de lugar, los labios recién pintados, las líneas de los ojos finamente retocadas, se notaba que se había maquillado cuidadosamente antes de volver a casa. Traía el vestido que compró para una gran ocasión, que le hace lucir acentuado el talle y el busto más firme.

La estela de perfume que dejaba a su paso delataba una reciente aplicación, aunque no alcanzaba a ocultar el familiar aroma de sus hormonas.

Enderecé el reposet, dejé de lado el periódico y me le quedé viendo, deseándola, admirándola de los pies a la cabeza. Hola, me dijo, mientras me aventaba un beso soplado por encima de las yemas de sus dedos -como hace cuando no desea que me le acerque-, tratando de reprimir aquella sonrisa radiante que delataba la inmensa felicidad que sentía en ese momento. Aspiré la mixtura de sus aromas y no supe qué me gustó más, si el olor de su sexo o de su perfume; tal vez la mezcla de ambos. Una fuerte excitación me hizo consciente de la urgencia con la que la necesitaba. Crucé la pierna para disimular, fingí frialdad y en tono cariñoso comenté: vienes guapísima, ¿quieres hacer el amor?

Ella, con esa sonrisa de felicidad que iluminaba su cara, el cutis sonrosado y los ojos entornados, como si en ese instante estuviera teniendo un orgasmo, dijo, radiante: No. ¿No quieres?, alcancé a preguntar, desconcertado. Ella volvió a entrecerrar sensualmente los labios y a enviarme un beso. No, me dijo, hoy no, mientras bajaba el cierre y se perdía en el vestidor, dejando una estela de suspiros y de perfume que llenó toda la habitación.