• Alejandro Ordoñez González

Un niño que vestía de azul y un perro negro, por supuesto…

A los niños del mundo que sufren injusticias.



Durante mi vida profesional tuve que alargar mis días para poder correr ya que durante más de treinta años fui maratonista. Así, durante largas temporadas iniciaba mis sesiones a las cinco de la mañana; cuando no era posible entrenaba a la hora de la comida o ya noche, al concluir mis jornadas laborales y académicas. Cuando eso ocurría mi sitio preferido era un lugar ubicado en la segunda sección del Bosque de Chapultepec, llamado “El Sope”. Una pista abierta las veinticuatro horas del día, con buena iluminación, rodeada por una malla, acceso controlado y la prohibición de meter perros.

En realidad, se trata de dos circuitos que comparten buen trecho de sus recorridos: uno de casi un kilómetro y otro con poco más de dos kilómetros. A un costado de las pistas baja una carretera con paradores iluminados para que los usuarios del transporte público aguarden seguros y del otro lado la elevada barda perimetral del Panteón Civil, también llamado “De Dolores”.

Eran las diez de la noche cuando inicié mi sesión. Desde el principio algo no marchó bien. A pesar de ser primavera un viento gélido y una ligera neblina parecían seguirme. Para colmo los arbotantes se iban apagando conforme me acercaba a ellos y en cuanto me alejaba volvían a funcionar, como si las vibraciones de mis pasos los desconectaran. Llegué a un costado de la carretera. Súbitamente la luz de un parador se apagó y en la penumbra pude distinguir a un tipo extremadamente grueso y fuerte, vestía traje oscuro y su figura era en verdad siniestra, parecía uno de esos asesinos a sueldo. Aún cuando no distinguía claramente sus facciones comprendí que el tipo me veía amenazadoramente. Aceleré el paso, me acercaba al punto de intersección de ambos circuitos, a unos cien metros un grupo de señoras trotaba alegremente, entre feroces carcajadas que rompían la quietud de la noche. Delante de ellas venía un niño de unos seis años, calzaba pesadas botas y vestía pantalón y chamarra de mezclilla azules; lo guiaba un perro negro. Apreté más el paso para no quedar atrapado en medio de ese tráfico pesado. El grupo quedó atrás pero el niño extrañamente aguantó el ritmo de mi carrera, a pesar de la velocidad con que me desplazaba. Lo miré de reojo y aunque no distinguí su cara comprendí que era una pequeña criatura. Me rebasó el perro negro, con pelo largo, sedoso y brillante; ojos impresionantemente rojos, como si estuvieran inyectados de sangre; me miraba fijamente sin interrumpir su carrera y su cabeza volteada hacia atrás me hacía recordar el exorcista.

Escuché la voz del niño: ¡Señor, señor!, ¿puede usted decirme dónde está la entrada al panteón? Por supuesto no contesté, pensé que era una broma, pero el niño volvió a la carga: ¿…dónde está la entrada al panteón? A la tercera pregunta pensé que tal vez el niño estaba perdido y para orientarse le era necesario llegar a la reja del panteón. Estiré un brazo y le dije: del otro lado de la carretera, sigue la barda y a un kilómetro encontrarás lo que buscas. Continué la carrera pero mi conciencia me dijo que hacía mal, cómo era posible que por no interrumpir el entrenamiento dejara a un niño de esa edad solo a esas alturas de la noche; debía tener horas perdido y por supuesto no era corredor aunque me hubiera aguantado el paso. Pensé en su madre, en su familia, en el peligro que significaba cruzar la carretera y seguir por el costado oscuro del camino, recordé al tipo torvo y concluí que el trayecto estaría lleno de peligros así que detuve mi carrera para decirle que no se preocupara, lo llevaría de la mano, si era preciso, hasta las rejas del panteón y no lo abandonaría hasta que me guiara a su casa y lo entregara a sus padres.

No te preocupes, hijo, me oí decir. Lo busqué con la mirada pero había desaparecido. ¿Y el perro negro?, nada, ni sus luces… Esperé a las señoras, pregunté si habían visto a un pequeño niño vestido de mezclilla azul y un perro negro. Me vieron como si estuviera drogado. Mire, me contestó una de ellas, en tono burlón: en primer lugar no es hora para que un niño ande solo por estos rumbos, por supuesto no lo hemos visto y en este sitio, sabrá usted, está prohibido entrar con perros, tenemos más de una hora aquí y no hemos visto nada de lo que usted comenta. ¿Está usted bien?, ¿se siente bien?

Suspendí el entrenamiento y me fui a casa, al llegar la familia en pleno me rodeó. ¿Qué pasa? ¿Ocurre algo malo? Coincidieron: tenía cara de haber visto al diablo. El cabello y los vellos de piernas y brazos erizados daban cabal cuenta de lo que me ocurría. Había transgredido los límites, cruzado una frontera que jamás habría deseado. Había quebrado el logos y sabía que había vivido algo que escapaba a toda lógica y razonamiento.

Como buen corredor llevo una agenda donde anoto cada día las distancias recorridas, los tiempos y observaciones que permitan recordar mis reacciones a las pruebas autoimpuestas. Quedaron registrados en la agenda: la fecha, los kilómetros corridos y el tiempo, así como la anotación: “Sesión suspendida porque encontré a un niño de mezclilla azul y un siniestro perro negro. Crucé una frontera desconocida”.

Transcurrió el tiempo, olvidé el incidente. Una noche, mientras me ponía mi ropa de corredor, dentro del auto, vi salir de la pista a una chica, venía histérica, gritaba y lloraba sin control. Se acercó a ella el vigilante y no la dejó marcharse hasta que la tranquilizó. Qué le pasó a la muchacha, pregunté. El guardia, solícito, me informó detalladamente lo ocurrido.

Cancelé el entrenamiento, al llegar a casa busqué en mis viejas agendas de corredor hasta hallar la anotación:

“…encontré a un niño de mezclilla azul y un siniestro perro negro. Crucé una frontera desconocida”.

Leí la fecha, era la misma de ese día y mes, pero del año anterior…

Anoté en mi agenda:

“Sesión cancelada. Un año exacto después de mi contacto una joven violó los límites de lo inexplicable, transgredió el logos y cruzó la frontera de lo absurdo: se topó con un niño que preguntaba por la entrada al panteón, vestía de mezclilla azul y lo acompañaba un siniestro perro negro…”