• Alejandro Ordoñez González

A la memoria de Joe.

Para Gabriel Carrera… amigo.


La primera vez que supe de él fue por mi abuelo materno (venerado patriarca), en aquellas tardes de verano, cerca del Zenit Transoceánico y de una taza de té. Por aquél entonces era yo un niño, así que la imaginaba como una actividad no exenta de peligros. Había infinidad de muertos, los había por sacrificios, unos morían por la “ruta x” y otros por la “vergonzosa ruta y”; había también dobles matanzas y una noche, en el inolvidable Parque Delta, llegó como un deslumbrante relámpago que cruzó de lado a lado el diamante. Triple matanza, gritó un apostador a quien llamaban el toca toca. ¿Te fijaste niño?, me dijo entusiasmado, mientras mi abuelo y yo brincábamos de gusto. Que bueno, comentó, porque tal vez en tu vida vuelvas a verlo. Que suerte mi general, le apuesto a que… Y el eco seco de los golpes contra aquellos tres distintos guantes y la pelota viajando a la velocidad del rayo quedaron ahí para siempre, indelebles como las fotografías que al otro día publicaron los diarios deportivos.

Yo era aficionado de los Diablos Rojos y su pitcher Panchillo Ramírez era mi ídolo. Mi abuelo era fanático de los Yankees de Nueva York y admirador de un pelotero: el “Yankee Clipper” Joe DiMaggio. Supe de sus grandes hazañas: tres veces jugador más valioso, tres veces campeón de bateo con un porcentaje de 325, de por vida. Supe también que había estado casado con una despampanante rubia que por ese entonces no me decía nada: Marilyn Monroe. Pero los años pasan con rapidez, así que pronto supe quién era esa mujer y un poster suyo adornó mi cuarto, y su sonrisa seductora y sus ojos entornados fueron testigos de mis perversas tardes... Poco después conseguí un poster de ella con el vestido levantado por el aire de un respiradero del metro y un amigo me regaló unas fotos del Play Boy en las que aparecía desnuda y aunque ni por asomo se insinuara siquiera la sombra del vello -era mucho pedir- se observaba la hermosa línea de sus senos. Llegaría después su relación con los Kennedy y la fiesta de John, donde una cachonda Marilyn cantó Happy birthday Mr. President, que a la pobre Jacqueline le produjo urticaria. Luego una muerte por demás extraña la esperaba en su aposento, mientras afuera, cinco horas antes de su fallecimiento, aguardaba una misteriosa ambulancia de la que salieron varios hombres en cuanto se conoció el deceso. Algunos creyeron reconocer a Robert Kennedy entre ellos. Hoy, sólo estamos seguros de que el único que amó a esa diosa de la sensualidad fue Joe DiMaggio, quien organizó su funeral y creó un fondo para mandar semanalmente rosas rojas a la tumba de su amada.

Hoy, al paso del tiempo, no puedo sino recordar a ese gran pelotero que fue DiMaggio, especialmente en momentos en los que el deporte en general -en todo el mundo-, parece haberse convertido en un estercolero, donde los que ayer eran héroes se vuelven tramposos despreciables, dignos de lástima. Sí, DiMaggio fue un pelotero excepcional, pero también un hombre limpio, un caballero -como si fuera poca cosa-, y me pregunto si hoy, que termina el campeonato mundial de beis habrá por ahí algún pelotero de la talla del “Yankee Clipper” y si algún día volveré a ver una triple matanza. Deploro que esa rubia a la que Joe idolatró haya preferido a unos hermanos que a fin de cuentas, parece ser, la llevaron a la tumba y me pregunto qué habría ocurrido si se hubiera conformado con el amor que aquel hombre excepcional le ofreció por siempre y para siempre.