• Alejandro Ordoñez González

Bajo la higuera, fragmentos.

Una visita a Auschwitz.


La cosa va bien, nos acercamos a Barcelona donde esperaremos un par de horas antes de hacer el cambio de tren con rumbo a Berna. La tarde se quema bajo un ardiente sol de verano y el monótono ruido de la locomotora nos arrulla. El viaje apenas empieza. Solange se embebe en su libro. Los recuerdos de un México cada día más lejano te llevan a extrañarlo. Solange cierra su libro. Con esa intuición propia de las mujeres adivina tu melancolía. Se acerca, toca tu rostro, descansa su cabeza sobre tu hombro y con su sensual voz ronca empieza a platicarte: A lo largo del último siglo la historia de Europa está relacionada con los ferrocarriles, el comercio y el turismo tienen mucho que agradecerles, aunque también tienen su historia negra. Durante la segunda guerra mundial, a través de los trenes viajaron, en un sentido, las fuerzas nazis y la parafernalia que las acompañaba; hacia el otro, la carga de la ignominia: convoyes con vagones repletos de mujeres, viejos y niños: unos grandes o recién nacidos, otros por nacer durante esos infernales viajes. Seres cuyo delito era ser judíos. Por aquél entonces las máquinas no eran tan rápidas, así que los viajes podían durar noches y días completos. Imagínatelos, hacinados en vagones de carga, sin ventilación, sin agua, ni comida, cuántos de ellos murieron asfixiados o de hambre o deshidratados. Partían de todos los puntos de la Europa ocupada, su destino eran los campos de exterminio ubicados en Polonia, básicamente Treblinka y Auschwitz, donde eran sometidos a las peores infamias antes de pasar a las cámaras de gas. Ahí, León Felipe, el poeta del exilio, el que nunca tuvo una patria chica, una tierra provinciana, lloró. Tuvo la visión de un niño judío que se soltó de los brazos de sus padres cuando eran formados para ingresar a las cámaras y hubo de pasar los últimos momentos de su vida, solo, sin quien lo reconfortara, ni pudiera ahuyentar ese miedo de espanto, ese terror que paraliza y deja sin habla aún a los adultos. Ahí León Felipe calló a los poetas malditos: Dante, Blake, Baudelaire, Rimbaud, qué saben del infierno, ellos que tanto han hablado de él y se precian de conocerlo. Que vengan a pararse en estas hileras formadas frente a las puertas del infierno mismo, de todos los infiernos. Que acompañen a ese niño que llora solo y angustiado busca a su madre y a su padre, quienes a su vez se han vuelto locos por encontrarlo. Aquí, dijo León Felipe, yo también me callo, rompo mi violín y guardo silencio. Scht. Scht. Dante, Blake, Baudelaire, Rimbaud, callad, que nadie hable frente al dolor y la desesperación de ese niño judío que angustiado busca a sus padres, formado en las propias puertas del infierno. Scht. Scht. Callad todos.

Solange guardaba silencio, como si el recuerdo del holocausto la hubiese dejado exhausta. Transcurrieron varios minutos antes de que volviera a hablar en tono triste: no podíamos irnos sin visitar Auschwitz, todos deberíamos ir para que esa infamia no se repita. Contemplaremos las barracas y los hornos. Sentiremos cómo el tiempo y la vida misma se han detenido ahí. Percibiremos como al silbido del viento parecen acompañarlo gemidos, quejas, murmullos. Imaginaremos las densas nubes negras levantándose hacia el cielo desde las chimeneas de los hornos crematorios y aspiraremos esa peste insoportable que produce la carne al quemarse. Observaremos ese tétrico cuadro que produce un desasosiego en lo más profundo del alma y una sensación de desamparo al pensar en esas pobres criaturas sacrificadas ahí injustamente.

Claro, como todo en la vida, los campos de concentración y los ghettos tienen su historia épica salpicada por anécdotas que te hacen reír y reconocer el ingenio de la gente ante la adversidad y esa enorme fe en Dios que nunca se perdió y los llevó, en algunos casos, a sobrevivir. Leí Mila 18, de León Uris. Yo también. Lloré al leerla. Yo también. Te conmueven, te estremecen esa valentía y ese heroísmo estéril. ¿Es que nunca ganarán los buenos? ¿Dónde estaban la justicia divina, la justicia inmanente o el perpetuo equilibrio oriental representado por el yin y el yang? ¿Dónde demonios estaba Dios, Joaquín? El Dios de los judíos o el de los cristianos o el de las religiones orientales. Dios, simplemente Dios, en su concepto universal y eterno. ¿Es que Nietzsche tenía razón? ¿Acaso Dios está muerto, es que no hay salvación, ni un cielo prometido, ni el perdón de los pecados, ni la redención de la carne, ni una vida perdurable? Entonces Joaquín, estamos perdidos; entonces, todos estamos muertos.