• Alejandro Ordoñez González

Celos.

Hola amor, ¿cómo estás? No sabes qué gusto me da volver a verte, creí que no ocurriría, estoy emocionada, nerviosa. Te encuentro más varonil y atractivo, con sólo verte despiertas en mí viejas pasiones. ¿Recuerdas? ¿Logras entender lo que trato de decirte?, ¿Podrías hacerme alguna seña al menos, para saber que no estoy hablando en vano? Vine a cumplir la promesa que te hice cuando estaba yo grave y tú inconsolable. No vine por ti, estate sosiego, no ha llegado tu hora. Traigo buenas nuevas, ¿Qué crees? No mintieron. La reencarnación, el perdón de los pecados, la redención de la carne y la vida perdurable existen. ¡Hay vida después de la vida! ¡Hay vida después de la muerte! ¿No te sorprende?

Claro, las cosas son diferentes. Como si volviéramos al pecado original, el tiempo no existiera y fuera el origen del mundo, de la creación. A menudo pienso en Adán y Eva. Vivimos en el paraíso. Tal cual. Me da pena decirte pero andamos desnudos. Correteamos y jugamos entre flores multicolores y hortalizas; hay variedad de árboles y todos producen frutos según su género y según su especie. La verde campiña se extiende hasta donde alcanzamos a ver. No hay propiedad privada, ese nefasto invento que hizo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Vivimos en una comuna estilo hippie, podría decirse que traemos la hierba en la cabeza todo el día, ¿no ves mis ojos colorados? Si hasta parezco apache marihuano. Aquí compartimos todo; bueno, admírate, no hay parejas fijas. No me veas así, no te engaño, lo que ocurre es que son otras costumbres. Mejor no te cuento. No te enojes; bueno, prosigo pero no te molestes ni salgas con tus celos enfermizos de siempre; invocas al coco y luego te espantas; me haces platicar todo y luego lo pago caro, no perdonas el mínimo error, pasan los años y siguen tus reproches.

Todos los días son iguales, con uno sólo que te cuente sabrás cómo es mi vida. Nos levantamos con el sol, nos acicalamos y hacemos el amor, desayunamos y hacemos el amor, comemos y hacemos el amor. No, con la misma pareja no, te digo que es una maravilla, si no hay el concepto de la propiedad privada: nada de que mi casa, mi auto o mi mujer; cómo me chocaba eso. Aquí el amor es libre, cada quien tiene los romances que guste y nadie se espanta. El paraíso perdido, amor, el paraíso recuperado. Si vivieras aquí podrías estar con quien quisieras sin necesidad de esconderte o inventar viajes de negocios y sin que a tu vuelta tuviera que fingir celos o hacer como si me importara, ¡bah!, ¿Comprendes?

No me mires así, la última vez casi me matas. No te me acerques, qué quieres, te tengo miedo, a veces los celos te ciegan, te pones violento y no mides las consecuencias. Guarda esa arma. Por amor de Dios, te digo que te tranquilices, no me apuntes, se te puede escapar un tiro…

-Hola amor, ¿Cómo te fue? ¿Estás triste? ¿Sigues obsesionado con la chifladura de la reencarnación? ¿Cazaste algo?

-Sólo una pieza, una coneja por cierto todavía muy joven y flaca.

-No te preocupes, haré un buen guisado. -Claro…

-Traidora y cínica, no tendría por qué venir a contármelo. Tonta. ¿Qué esperaba? ¿Creyó que la perdonaría o no se imaginó que logré entenderle todo…?