• Alejandro Ordoñez González

Donde habita el olvido

El día que llegó traía ojeras malvas y barro en el tacón, dijera Joaquín Sabina. Era el toquín esperado por toda la banda. Los tres patios de la vecindad estaban llenos de parejas que bailaban al compás de las rolas de grupos metaleros y de reggae que se alternaban para deleite del personal. Se había dejado venir gente de los barrios vecinos y afuera había chavos luchando por entrar, todavía. Una densa nube, que el viento era incapaz de dispersar, cubría la vecindad y un fuerte olor a yerba santa se dejaba sentir por todos los rincones porque quien más o quien menos se atizaba de lo lindo. La vi desde lejos, nada espectacular, sin busto, cadera, ni cintura; para colmo los apretados pantalones insinuaban dos piernas zambas y flacas; pero eso sí, se movía con una cachondería y una sensualidad que opacaba a las más guapas.

Compré dos cervezas y a señas, porque era inútil tratar de hablar en medio de aquel ruido, le ofrecí una. La aceptó. Bailamos. Perreó y el movimiento frenético de su cadera, embarrada a mi ingle, dejó entrever el paraíso. De pronto volteaba y el calor de su sexo, frotado contra mis muslos, amenazaba acabar prematuramente con el hechizo. Los vi desde que cruzaron el portón; venían en mal plan, aventaban con malos modos a los que se atravesaban en su camino. Sólo de verlos provocaban miedo. Eran tres tipos siniestros. Vestían camisa de marca del mismo color y las gorras de los Yankees puestas al revés los hacían fácilmente identificables. No venían por la música, ni por el reventón. Eran tres chacales en pos de su festín. El guarro mayor hizo una seña y antes de seguir avanzando por el patio se separaron, para no dejar resquicios y dar lugar a una posible fuga. Tan pronto los descubrió su rostro demudado me hizo ver que algo andaba mal. Acercó su boca a mi oído y a gritos pidió que la ayudara a huir. La sonrisa torva de uno de los gorilas y su mirada insistente confirmó mis temores: Iban tras de ella. La tomé de la mano y a empujones la fui guiando. Dejamos atrás el segundo patio, subimos al tercer piso y ascendimos por las escaleras de caracol hacia los cuartos de la azotea. Llegábamos ahí cuando escuchamos detonaciones que por instinto nos hicieron agachar. Los proyectiles zumbaron por encima de nuestras cabezas y se fueron a estrellar en un gigantesco tinaco de plástico que ante el impacto de las balas y la fuerza del agua contenida explotó y el líquido se convirtió en poderosa cascada que golpeó de lleno y tiró al guarro que nos pisaba los talones.

Escalamos la malla ciclónica de las jaulas de tender, ya en el techo de los cuartos corrimos con todas nuestras fuerzas para agarrar vuelo y librar los tres metros que nos separaban del edificio contiguo -unos metros más bajo-. Caímos sin contratiempos. Bajamos un piso, hasta la altura de unas enormes viguetas de hormigón que terminan en el edificio en ruinas de un cine abandonado; guardando siempre el equilibrio, pues no había red de protección, caminamos sobre ellas. Siguiendo la ruta que usan los raterillos del barrio para escapar de sus peligros llegamos hasta la seguridad de ese cuarto de azotea en el que vivo. Teníamos hambre y sed por la feroz corretiza que nos habían dado así que dimos cuenta de los dos six packs que aguardaban en la hielera de unicel. Abrí la última lata de frijoles charros y acompañados por unas tortillas árabes que al calor de la parrilla eléctrica recobraron su blandura, dimos cuenta de ese festín. Ella no dijo ni yo pregunté nada. Compartimos unos porros y bajo su influjo nos fuimos relajando. Tragó unas cápsulas. Insistió en que la acompañara. Acepté.

Mi mente se oscureció. Es poco lo que recuerdo. Si acaso sus gemidos, sus quejidos de placer que habrán espantado al vecindario y me llevaron a recordar los chillidos de las gatas en celo al momento de aparearse. Me despertó un inclemente rayo de sol que se colaba por la pequeña ventana de mi cuarto. No estaba. Pensé que habría ido al baño, pero no regresó. Temí que se hubiera llevado algo de valor. ¿Algo de valor en mi cuarto? ¿En esa habitación de tres por tres que es mi morada? Mi cabeza amenazaba con explotar y no era capaz de razonar cuerdamente; tenía el cuerpo lleno de verdugones; severos araños cruzaban por mi espalda hasta la altura de las costillas; en mi lengua y paladar quedaban resabios del agrio humor de sus axilas; el cuarto apestaba a rayos: los harapos grises que cubren mi colchón de borra olían a su sexo y al tufillo que se soltó cuanto se descalzó se unía la pestilencia de una lata de frijoles acedos que hacía lo menos una semana debí tirar a la basura.

Algo que me preocupa es el fajo de billetes y el paquete blanco que olvidó a un costado de la Olivetti Lettera portátil con la que escribo mis reportajes para el periódico. El candado no está en el clavo del que lo cuelgo, así que antes de irse cerró por fuera para que no la siguiera o para protegerme porque por la rendija que hay debajo de mi puerta puedo ver las sombras de unos hombres que van y vienen en buscan de algo o de alguien. Escucho sus voces, han tratado de abrir la puerta un par de veces, afortunadamente no se han decidido a forzarla porque mi cuarto es una trampa mortal y la única pequeña ventana que tiene al fondo da, cuatro pisos abajo, hacia un terreno baldío. Supongo que el candado les hace creer que no hay nadie dentro. Van, vienen, suben y bajan, se asoman a los tinacos, una y otra vez. Están cansados, no han dormido en toda la noche. Temen que el jefe los castigue. Se irán, tarde o temprano, estoy seguro. Tengo pinzas y desarmador, podré zafar los goznes internos de las bisagras de la puerta. Guardo una copia de la llave.

Lo que cala hondo es que haya huido sin decir al menos su nombre, sin saber si volverá algún día. La neblina de mi mente se rasga brevemente y vuelvo a ver sus senos escuálidos, sus piernas flacas, sus caderas escurridas. Escucho sus gritos de placer, su cuerpo moviéndose como un torbellino, su empeño por montarse y ser ella quien posea. Imágenes, sonidos, sabores, olores que impregnan mis sentidos, pero mi mente empieza a funcionar y me hace ver que para ella fui poco, fui nada y no sería de extrañar que me haya relegado donde habita el olvido