• Alejandro Ordoñez González

La ciudad prohibida.

Termina la tarde, el sol empieza a ocultarse por el poniente, la humedad se condensa y el ambiente se impregna de olores ácidos que parecen filtrarse desde las profundidades de la tierra; los insectos pronuncian sus eternas letanías y el aire se va cubriendo con un velo de misterio y de peligro; y es que no hay nada más terrible que la noche en la selva. Uno supone que al ponerse el sol los animales descansan y se abre una tregua en esa perenne batalla que se libra entre asesinos y víctimas; la ley de la selva: matar o morir, pero basta ser sorprendido por la noche en plena jungla para comprender que se trata de una suposición equivocada. Apenas oscurece los depredadores hacen suyo el territorio, las alimañas salen de sus escondrijos y los moscos, esas voraces manchas de diminutos vampiros provistos con invisibles taladros, parecen perforar las más gruesas telas de las camisolas y los pantalones, mientras nos zumban burlones al oído las fanfarrias de su glotonería; es entonces cuando el drama de la vida y la muerte se vive en cuestión de segundos, ya que el fin puede llegar a través de un animal carnicero o de la venenosa mordedura de una serpiente o de alguna alimaña de las que abundan sobre los árboles, bajo las piedras y al ras de la misma tierra; hasta las propias plantas parecen confabularse contra los extraños que invaden sus territorios, con sus punzantes espinas o sus lacerantes hojas cuya ponzoña es capaz de producir altas fiebres y graves quemaduras en la piel. El ambiente se llena de aullidos, de quejidos, y de sigilosas pisadas que se acercan y de pronto se alejan, seres que gruñen amenazadores a corta distancia y que sólo la lumbre de la fogata y los gritos amenazadores que produce el miedo parecen mantenerlos a raya.


Soy el único miembro que no se ha dado por vencido, estuve a punto de decir que sobrevive, pero sería muy atrevido afirmarlo pues ignoro si los demás habrán sido consumidos por la selva o devorados por las fieras, en su intento por regresar a la civilización, o al menos a la pequeña aldea de la que quizás no debimos partir nunca, así que prácticamente no queda nada de la famosa expedición creada para localizar los vestigios de la gran ciudad perdida de los mayas, con su templo consagrado al culto del dios jaguar. Aquélla, la que Taylor insinúa, más que detalla, en su famoso “Splendor and Decadency of Ancients Mayans” y que de acuerdo con sus comentarios vendría a modificar la imagen cosmogónica que tenemos de esa ancestral cultura. Taylor, el mejor científico de su generación y probablemente de muchas generaciones, aquél que con sus alucinantes textos me animó a estudiar la licenciatura y después el doctorado en arqueología. Hablo de Taylor el historiador, el brillante hombre de letras, el expedicionario que, como si fuera un moderno misionero español, recorrió desde el sureste de México hasta la parte sur de Honduras para descubrirnos ciudades de fábula y revelarnos aspectos ignorados de tan importante cultura. Taylor, el de las máscaras de jade y las estelas monolíticas. No quisiera hablar del otro, de aquél que nos presentara la prensa amarillista de Inglaterra y después de todo el mundo. Del hombre abatido, derrumbado sobre su banquillo de acusado, después de escuchar la sentencia condenatoria del juez que lo encontró responsable por la muerte de sus compañeros y al que años después, muchos años después, fui a buscar hasta el lejano South East England, después de que la Real Sociedad Inglesa de las Ciencias lograra el indulto para uno de sus más distinguidos miembros, o quizás fuera mejor decir: ex miembro, ya para entonces.


Alguien me había dicho que lo encontraría en Oxford, muy cerca de la Universidad a la que diera tanto lustre y que años después renegaría de su hijo predilecto al dejar sin efecto los doctorados honoris causa que apenas algunos lustros atrás le habían otorgado, así como le habían entregado también el afecto y la admiración de toda la comunidad universitaria y científica de su patria. Lo hallé en un asilo. Me advirtieron que físicamente estaba muy mal, pues se habían acentuado los males respiratorios adquiridos en las selvas centroamericanas y las fiebres terciarias, a pesar de la quinina y los modernos medicamentos, se negaban a desaparecer, así que era preferible entrevistarlo por la mañana, en el supuesto caso de que la enfermera lo encontrara mentalmente lúcido pues los años de cárcel y las penurias sufridas en la selva lo habían afectado de forma irreversible y desde luego siempre que él manifestara su conformidad con la entrevista. Dígale que vengo desde México, pedí a la directora de la casa, que soy un arqueólogo mexicano que lo admira desde sus remotos años de estudiante y que lo he venido a buscar para pedirle que me ayude a encontrar lo que podría llamarse “la ciudad prohibida de los mayas” cuya existencia parece insinuar a lo largo de los textos escritos en sus primeros años de prisión. Veré qué puedo hacer, dijo la directora, una mujer de hermosos ojos azules y flema británica.


¿La ciudad perdida de los mayas?, preguntó Taylor. No vaya Gustavo, me dijo apretando mi mano. No vaya. La historia está compuesta de ciclos que se repiten hasta el infinito, es una víbora que devora su propia cola. Como dijera Nietzche: hay gente que nace póstuma, podría ser usted su propio padre, su propio maestro. Ahórrese una cantidad así de enorme de problemas y no arriesgue su vida. No vale la pena, nadie se lo agradecerá. No sea tonto. Me vio largamente tras sus gastadas gafas y con voz apenas audible dijo: perdón, no quise decir eso. Volvió a verme y repitió muy quedo: no sea vanidoso, la presunción de eso que pretende hacer puede resultarle muy cara. Aunque hayan pasado muchos años la jungla seguirá siendo la jungla y no hay nada más peligroso que esas selvas. Sí, ya se lo que me va a decir, jovencito: que usted ha estado ahí, que las serpientes, los alacranes, las tarántulas y toda esa clase de alimañas que la pueblan son viejas conocidas suyas, pero esto es distinto, ¿cómo decirle? Mire, tengo aquí, grabado en mis oídos que casi no escuchan ya, por cierto, el alarido, el grito de terror, más que de dolor de Charles, pidiendo que lo salvara de esa muerte irremisible, tratando de asirse a mi brazo cuando ya la muerte lo llevaba en vilo. Veníamos todavía con los guías. Ah, los guías, no confíe en ellos. No son de fiar, les gusta la brujería, son maestros en las artes hechiceriles, enigmáticos, ladinos, impredecibles por naturaleza; además lo llevarán por peligros sin fin y pondrán en grave riesgo su vida, sin que exista motivo para ello. Lo alejarán lo más que puedan de su objetivo y cuando comprendan que no está usted dispuesto a seguirles sus engaños, lo dejarán. Simplemente desaparecerán un día o una noche, llevándose buena parte de los abastecimientos y lo dejarán a usted abandonado en plena jungla. Una brújula, Gustavo, no lo olvide, es indispensable llevar una buena brújula, pero no basta con eso, hay que ser un verdadero experto en su manejo, pues de eso dependerá en buena medida su vida. Veníamos con los guías todavía -repitió Taylor-, nos encontramos un afluente de uno de las decenas de ríos que existen por la zona. Yo pregunté si no habría peligro, el guía dijo que no, así que nos dispusimos a cruzarlo con el agua hasta la cintura, primero los indígenas, quienes por cierto al llegar a la orilla empezaron a reír y a gritar, de gusto, lo cual parecía -al menos- poco prudente, pues aumentaba el riesgo de un ataque si por casualidad despertaba alguno de los habitantes de aquella corriente. Charles y yo cerrábamos la columna y habíamos llegado prácticamente a la orilla, traíamos el agua hasta la rodilla, sólo teníamos que superar un desnivel de un medio metro de alto, entre el lodo, para llegar a lo que podríamos llamar tierra firme. De pronto los simios que alborotaban en los árboles soltaron chillidos de miedo y después guardaron silencio, las aves suspendieron sus trinos y sus vuelos, como si buscaran refugio en las ramas más altas. Noté que las tranquilas aguas parecían agitarse súbitamente y una sombra, una gran sombra se nos venía encima por la espalda, alcancé a voltear y vi como unas enormes fauces, llenas de grandes dientes, como si fueran garfios o una sierra para cortar madera, se abrían desmesuradas y se cerraban en torno al abdomen de Charles y lo jalaban hacia el río. Escuché el alarido, el grito de miedo y de sorpresa ante el inusitado ataque del que éramos víctimas. No pronunció palabra alguna, simplemente fue un aullido de terror que pareció quedar suspendido en el tiempo y que se fragmentaba en mil pedazos por el efecto de los ecos. Trató de sujetar mi brazo, pero ya era tarde, su cuerpo de noventa kilos y sus casi dos metros de altura se hundía en el agua que lentamente se iba tiñendo de rojo. Quedé inmóvil, sin saber qué hacer, todavía con el agua hasta las rodillas, observando las miradas expectantes de los simios que no se atrevían a romper el silencio. Descubrí la tenue estela de agua que se dirigía hacia mí y por instinto salté hacia donde crecía la hierba. La mordida fue fulminante, cortó limpiamente mi mochila de explorador, en el agua flotaban el sleeping bag, la lámpara sorda y mi ropa; y ahí, separado por esa pequeña barrera de no más de cincuenta centímetros de alto, un cocodrilo de dos metros me observaba detenidamente, de seguro calculando si sería capaz de alcanzarme. Los renovados gritos de los monos, los trinos de las aves y el canto de los insectos me hicieron ver que pasado el peligro los habitantes de la selva volvían a sus actividades como si nada hubiera ocurrido.


Tendrá usted que contratar alguna embarcación que lo lleve río arriba, dijo Taylor. Nosotros lo hicimos, nos llevó un paquebote río arriba hasta el pueblo más remoto, enclavado en plena jungla. Hay un servicio regular que lleva provisiones y regresa cargado con pieles de animales que los indígenas cazan y curten, especialmente de cocodrilos y de serpientes, colmillos de jabalíes y algunas yerbas medicinales, así como brebajes de los que usan las brujas en los pueblos para sus hechizos. Apenas desembarcamos percibimos la fetidez del agua de lo que podríamos llamar el puerto, un olor a pescado descompuesto y una nube de mosquitos nos dieron un molesto recibimiento. Sin luz eléctrica, ni agua potable, sin desagües ni cañerías, las estancadas aguas de su pequeña bahía son una muestra de lo que es capaz de hacer el hombre para contaminar a la naturaleza. Llegamos al anochecer, así que buscamos refugio en la única tienda de la aldea, que hace las veces de almacén, botica y de cantina, al día siguiente, mediante una buena paga convencimos a uno de los hombres del pueblo para que nos condujera, a golpe de machete, hasta un remoto caserío donde, nos dijo, podríamos contratar algunos guías que nos llevarían hasta el sitio que buscábamos. Nos recibió el cacique de la aldea, no solo era el jefe de aquellos miserables, era también el brujo, por no decir el chamán de aquellas tierras. Era un hombre siniestro -dijo Taylor-, lo supe desde que lo vi. ¿La ciudad perdida?, preguntó. ¿Quién les ha dicho semejante mentira? No existe ninguna ciudad perdida que yo sepa, y miren que conozco bien estos rumbos. Había algo en aquel hombre que me llamó poderosamente la atención, repitió con convicción, Taylor. Tenía la piel cobriza, como si fuera piel roja y los ojos verdes, de un intenso verde esmeralda que no corresponden a los rasgos de los indígenas de la zona. Era alto, esbelto, sin un gramo de grasa y sus movimientos y desplazamientos eran ágiles y elásticos, como si poseyera la flexibilidad de un felino. Los hombres que nos proporcionó después de arduas negociaciones, se encargarían además de guiarnos, de cargar los bultos donde venían nuestras provisiones y pertrechos. Como no imaginaron que fuera yo armado de mi brújula, de la que no me separaba nunca -y que gracias a eso no se perdió como el resto del contenido de mi mochila-, nos trajeron dando grandes vueltas en círculo hasta que me harté y reclamé su proceder, por lo que prometieron guiarnos hacia nuestro destino. Para entonces los espíritus malignos de la selva se habían apoderado de la mayoría de los integrantes de la expedición, quienes reñían por cualquier motivo nimio. Agobiados por el calor, la humedad, los insaciables mosquitos que se cebaban en nuestras carnes, rodeados de animales cuya peligrosidad era magnificada por nuestros guías, el ánimo fue mermando rápidamente. De pronto entrábamos por parajes tan tupidos y con árboles tan altos que era imposible ver el sol, cuya luz se colaba tenue entre el follaje y se diluía con la neblina del agua que se evaporaba rápidamente. Después del accidente de Charles la expedición se dividió en dos bandos, uno de ellos argumentó que no querían saber más de aquella selva con sus incomodidades y peligros, así que decidieron regresar con la mayor parte de los indígenas que para entonces habían logrado atemorizarlos con leyendas malditas de lo que acontecía a todo aquél que se internaba en la selva con el propósito de arrancarle sus secretos y que por las noches, creo yo, producían buena parte de los sonidos que nos inquietaban y atemorizaban pues imitaban las voces de los animales salvajes, pero no logré convencerles que se trataba de otro engaño más para hacernos desistir de nuestro propósito -dijo Taylor-. Sólo tres miembros decidimos seguir adelante, acompañados por un solo guía que accedió a quedarse con nosotros. Dos noches después desapareció el hombre con muchas de nuestras provisiones y al día siguiente mis compañeros dijeron que ya habían tenido bastante, que habían decidido regresar por sus propios medios. No logré convencerlos, así que tomaron lo que estimaron les correspondía de los alimentos y emprendieron el retorno. Para entonces el animal había perdido todo recato. Al principio dudé mucho que fuera cierto. Cuando todavía no nos ocurrían las desgracias lo descubrí por entre las llamas de la fogata. Era una sombra que a veces parecía ser de hombre para convertirse de pronto en la de un animal, un simple juego de luces, pero luego comprendí que no era una broma que me gastaban mis nervios, porque para entonces todos sabíamos ya lo que era el miedo, el miedo atroz a la jungla y a morir en manos de los propios hombres encargados de guiarnos y de velar por nuestra seguridad. A las pocas noches le dio por gruñirme, por apostarse cerca de donde yo estaba y cuando las llamas de la fogata se levantaban más de lo normal veía sus impresionantes ojos verdes y su figura imponente en posición de ataque, pelando los colmillos para que viera lo que me esperaba, dijo con voz cansada Taylor, por eso era el único que dormía dentro del sleeping bag y a sólo unos centímetros del fuego protector, sin que me importara ver cómo se iba deteriorando el saco, pues estaba lleno de pequeñas quemaduras producto de las brasas que volaban con el viento.


No estoy seguro, pero creo que cuatro o cinco días después de que me quedé solo, llegué por fin a la ciudad perdida, repetía Taylor cuyos ojos cansinos parecían brillar y un dejo de locura aparecía en ellos al conjuro de los recuerdos. Anduve por lo que debieron ser su ciudadela y sus anchas avenidas, cuyo trazo podía distinguirse porque encima de las mismas la vegetación adquiría tonalidades diferentes. Subí a sus pirámides, donde reinaban los monos y entré a sus derruidas casas entre cuyos muros habían echado raíces centenarios árboles. Escarbando encontré los restos de carbón de lo que debieron ser antiguos fogones o huellas de recientes ceremonias religiosas y me congratulé por las estelas que parecían montar guardia en lo que de seguro era la pirámide principal del conjunto, aquélla que estaba dedicada al dios jaguar. Lamenté haber perdido, junto con mi mochila, la cámara fotográfica, así que me dediqué a trazar algunos esbozos de aquellas maravillas. Llegada la noche algo me hizo comprender que el fin debía estar próximo, así que decidí preparar lo que podría ser mi única arma en caso de que aquel imponente jaguar que me acechaba decidiera atacarme. Até a un largo palo el cuchillo de monte que me había acompañado en mis anteriores expediciones, que fuera de mi abuelo el celebre coronel Taylor y como no soy experto en el uso de armas decidí sepultar el cuchillo entre las ardientes ascuas, de forma tal que si fuera yo atacado, dijo Taylor con una voz que acusaba el agotamiento que le producía el recuerdo de lo que había vivido y sufrido, si fuera incapaz de encajarle el arma, al menos le produciría una quemadura que con un poco de suerte haría huir al agresor. La luna llena brillaba en el cenit, debía ser la media noche. Más que escucharlo lo presentí. Supuse que el jaguar estaba a mis espaldas acechándome, esperando el momento justo para atacar. Un ligero ruido de hojas al ser pisadas me hizo comprender que era vital ganarle el viaje que a poco estaba ya emprendiendo para morderme por el cuello, así que tomé la improvisada arma y dando un rápido giro le estampé el cuchillo, que estaba al rojo vivo, en plena cara, apenas arriba de los ojos. Gimió el imponente animal, lanzó un aullido que puso mis vellos y cabellos de punta. Enceguecido, enfurecido por aquel inesperado ataque trató de irse nuevamente contra mí, tal vez guiado por su olfato, pero el cuchillo quemándole ahora las costillas debió disuadirlo, dijo Taylor, el jaguar volvió a soltar un aullido de dolor y dando un brinco se perdió entre la espesura y la oscuridad de la noche.


No sé cuánto tiempo habré tardado para salir de aquella jungla, cuando por fin, muerto de hambre y de sed, con la ropa hecha jirones, agobiado por altas fiebres y a punto de la locura logré llegar a la pequeña aldea de la que habíamos salido, pedí hablar con el cacique para reclamarle el proceder de su gente, pero me dijeron que se sentía mal, que estaba muy enfermo y no podía recibirme. Sin medir consecuencias hice a un lado a la mujer que me cerraba el paso y de un brinco me planté en medio de la choza. El cacique, el gran chamán de aquella gente no podía verme, estaba ciego por una terrible quemadura que le atravesaba de lado a lado la cara, a la altura de la frente y otra grave quemadura, ya infectada, supuraba por su costado izquierdo a la altura de las costillas.


Pero eso había sido Taylor, la vida de Taylor, la expedición fallida de Taylor, ahora estaba yo ahí, un incipiente arqueólogo mexicano, en medio de la ciudad prohibida, muriendo de hambre, de sed y próximo a la locura por todos los peligros que me rodeaban, siendo acechado por un jaguar que me había seguido al principio como una sombra y que ahora, sabía yo bien, habría de atacarme para preservar el misterio y el secreto de la ciudad prohibida de los mayas. La luna llena giraba en el cielo, alcanzaba su cenit y bañaba con plateados destellos las siluetas de las pirámides y los templos, los murciélagos bailaban sus nocturnas danzas, todo en un silencio sepulcral, pues hasta los insectos de la noche parecían haber quedado mudos. La fogata se había apagado minutos antes y solo brillaban en la oscuridad los rescoldos que arrojaban de cuando en cuando rojas tonalidades y pequeñas chispas que saltaban al viento. El tenue ruido de unas hojas al ser pisadas me hizo ver que tenía que ganar la iniciativa, así que tomé el palo de mi improvisada arma, en cuyo extremo se encontraba mi cuchillo de monte, sepultado entre las brasas, que impresionaba por los destellos de un color rojo vivo que despedía el candente acero de su hoja…