• Alejandro Ordoñez González

Las horas perdidas

Volvió por fin a casa, deambuló por las habitaciones sin rumbo fijo; salió al jardín en busca de sus huellas -para seguir sus pasos-; entró a su cuarto, abrió los cajones y buscó en los más oscuros rincones de su mente los ecos de su risa y de su canto; miró el reloj del tocador, tratando de encontrar, de recuperar las horas perdidas; llegó a su vestidor, tomó las prendas femeninas y una a una las fue oliendo, en busca de algún rastro de su olor o su perfume; entró al despacho, la vio sonreír, haciéndole una seña desde el remoto pasado de una foto; prendió y apagó el aparato de sonido que conservaba aún su disco favorito; tomó el libro con el separador que indicaba el lugar donde quedó suspendida para siempre la lectura; abrió un cuaderno, miró la caligrafía inconclusa de sus versos; los lápices de agudas puntas; las como siempre desordenadas partituras sobre el piano en desuso; comprendió que había llegado la hora de marcharse, escuchó el ruido del percutor al penetrar en la recámara; se envolvió en aquella espiral que lo llevaba inevitablemente hacia esa deslumbrante luz que lo absorbía todo, sintió una paz infinita y la rotunda certeza de que por fin lograría recuperarla…