• Alejandro Ordoñez González

Se llamaba Lola

Se llamaba Lola, se conocieron en la barra de un bar. Su presencia hizo que cambiara para él el sentido de la vida. Actuaba desparpajadamente, su exhibicionismo y risa desinhibida se levantaban por encima de la música y llegaban al rincón más apartado de aquel tugurio. Era imposible ignorarla y aunque de primera impresión pudiera pensarse que se dedicaba al oficio más antiguo del mundo, bastaba ver la calidad de su ropa y de sus joyas para comprender que no era así. Su casi metro ochenta de estatura destacaba en la penumbra y su descarada coquetería habrá espantado a más de uno. Estaba ahí, manifestando su desprecio hacia los convencionalismos sociales, demostrando que hacía lo que le daba la gana y no había obstáculo ni barrera que la detuvieran. Derrochaba sensualidad y resultaba fácil suponer que era el tema de conversación en varias mesas.

Se acodó a su costado, dispuesto a divertirse un rato, pero su plática lo cautivó y sus ademanes sensuales lo llevaron a preguntarse cómo se comportaría en la cama aquella gata. Imaginaba sus sollozos, sus gritos de placer y movimientos voluptuosos. Bebieron más de la cuenta. Pasaba la media noche. El propuso ir a un lugar más íntimo, Lola accedió. La bruma del amanecer se colaba por la ventana de aquel cuarto de hotel cuando por fin cayeron rendidos. Lo despertó un rayo de sol que se colaba por la cortina entreabierta. Tenía la peor jaqueca que hubiese podido imaginar. Estaba solo, a saber a qué hora se habría marchado Lola. Era poco lo que recordaba, aunque conservaba el sabor de su boca y el aroma de su aliento. En sus oídos reverberaban el eco de los gritos de esa hembra en brama y ese silbido que producía el aire al pasar entre los dientes apretados de ella mientras mordía con desesperación la almohada, en ese rito sadomasoquista que tanto la excitaba y la llevaba al paroxismo.

Había rozado con su mano el cielo pero quizás sin quererlo había entreabierto una puerta desde cuya rendija se vislumbraban las llamas del infierno que amenazaban con devorarlo; porque había algo, no sabía qué, que no terminaba por entender ni aceptar y que quizás como una forma de autodefensa se negaba a recordar y lo llevaba a refugiarse en los humos del alcohol y a decirse a sí mismo: que no sabía, no estaba seguro, no recordaba… Lo peor fue que pasaron los días sin que lograse alejarla de su memoria. No tenía forma de localizarla así que volvió al antro donde la conoció pero no tuvo éxito. Recorrió entonces otros tugurios con la esperanza de hallarla. Por fin, una noche que parecía tan aburrida como las anteriores, dio con ella. Primero escuchó su risa, luego vio su cabeza sobresaliendo por encima del resto. Se acercó, Lola fingió no conocerlo, siguió interesada en la plática de otro fulano que no dejaba de insinuársele. Poco antes de media noche los vio abandonar el tugurio, él hubiera querido seguirlos pero un mínimo de sensatez y de cordura se lo impidió.

Habían pasado varios meses cuando por fin volvieron a encontrarse. Esa vez fue ella quien lo descubrió y se acodó en la barra a su costado. El estaba lúbrico con sólo verla y recordar lo que habían disfrutado. Lola preguntó si no le guardaba rencor. El dijo no saber a qué se refería. Me insultaste, dijo ella, tu indignación rayaba en lo ridículo, debí tomarte un video. El se sonrojó y a manera de disculpa dijo: tengo meses buscándote. Disfrutó con las ocurrencias de Lola y su forma loca y desmedida de gozar la vida. Cuando trató de pedir otros tragos ella se opuso. No quiero que haya excusas, dijo, si haz de volver a estar conmigo será en tus cabales.

Llegaron al hotel, él quiso apagar la luz pero Lola prefirió dejar el cuarto en penumbra. El disfrutó con esa desenfrenada forma de entregarse, cuando pensó que habían llegado al clímax y que nada más podría ofrecerle aquella noche; ella, ignorando protocolos y reclamos, violentando el logos más elemental y el ethos ancestral, rompiendo cualquier duda y burlando toda norma lo colocó boca abajo, se recostó encima y empezó a dar rienda suelta a toda la pasión que llevaba dentro mientras él mordía con desesperación la almohada y escuchaba el silbo del aire al pasar entre sus dientes apretados…