• Alejandro Ordoñez González

Tanto Monta, monta tanto Isabel como Fernando

* Fragmento de mi novela “Bajo la higuera”


Un país dividido. Grupos de nobles empeñados en luchas fratricidas. Egoísmos sin cuento. Una patria que no era, pero que aspiraba a ser, separada por banderías y ocupada parcialmente por los moros desde hacía ocho siglos. Un horizonte sin mañana. Una gesta que se cansó de ser. Sólo el empeño, el coraje y la visión de dos grandes podían dar cauce a esas fuerzas empeñadas en neutralizarse entre sí: ¡Isabel y Fernando! Ah, decía con pesar Fray Diego de Valencia, un siglo antes del advenimiento de los reyes católicos:

“Ca si esta gente fuese concordada,

e fuessen juntados en un coracón,

no sé en el mundo un solo rencón

que no conquistassen con toda Granada”.

Mas llegó el tiempo en que la gente fue concordada y unidos, en un corazón, conquistaron Granada. Amanecía el año 1492 e Isabel y Fernando entraban triunfadores a la Alhambra. Para lograrlo, Fernando -divide et impera-, luz y sombra. “El Príncipe”, según Maquiavelo, inventa el primer ejército moderno: tropas agrupadas según su especialidad: Cincuenta mil peones como fuerza de infantería; trece mil jinetes, la de caballería; dos mil culebrinas y lombardas la artillería, complementado por personal de sanidad que atiende los hospitales de campaña, mientras la marina castellana patrulla el Estrecho de Gibraltar para impedir la llegada de refuerzos provenientes de Africa. Ochocientos millones de maravedíes nunca fueron mejor gastados. El imperio se fortalece, crece. La experiencia militar da frutos y Gonzalo Fernández de Córdoba, el gran capitán, empieza a escribir la historia, su historia… En la ciencia y las artes destacarán en breve los trabajos cartográficos de Juan de la Cosa. En el teatro, Fernando de Rojas escribirá su Celestina, como un presagio de lo que vendrá en la literatura universal: ¡Cervantes! Se fundarán la Universidad Literaria de Mallorca, la de Valencia y la de Alcalá de Henares, tan famosa como la de Salamanca, la del lema: “Lo que natura non da, Salamanca non lo presta”. El imperio se fortalece, crece y en lontananza se adivinan las doradas costas de América. Isabel y Fernando preparan la sucesión de sus reinos y su consolidación a través de las alianzas matrimoniales concertadas para sus hijos, que además tienden a aislar a Francia, enemigo mortal de Castilla.

Abre el rey de España ¿qué tenéis? Dos reinos su Ilustrísima. ¿Reinos de qué? De Castilla y de Aragón. ¿Par de reinos con qué? Con Indias Occidentales. ¿Tapadas o descubiertas? Tapadas, su Ilustrísima, aún no han sido descubiertas. Qué lástima, valen menos. ¿Qué desea? Una alianza con la casa de Austria. ¿Qué pide? La mano de la princesa Margarita. ¿Qué ofrece? A mi hijo Juan, primero en la línea de sucesión. ¿Quién toca con tanta insistencia a nuestra puerta? Un menesteroso su Ilustrísima. ¿Qué desea? Hablaros. ¿Está iniciado en los grandes secretos? Así lo afirma su Ilustrísima. Estoy ocupado, que espere, estamos jugando una partida de Europa ¿no os dais cuenta? Que aguarde a la siguiente mano. Tsch. Tsch. Fernando, ¿estáis seguro? Mirad qué porte se carga la tía, si parece una zorra. Callad mujer, yo sé lo que hago. Pero ved, es una zorra, una caliente, a leguas se nota que no es sino una hembra en brama. Por eso mujer, yo sé lo que nos gusta a los hombres, nuestro Juancillo va a estar feliz. Ha de ser una puta. ¡Isabel, por Dios! ¿Y para qué la queréis? Ni siquiera es la primera en la línea de sucesión. Callad mujer, con suerte se muere Felipe, el heredero de la corona y Juan hereda Austria. Fernandooo, pensáis en todo. ¿Qué dice el emperador de Austria? Acepto su Ilustrísima, con una condición: la mano de la infanta Juana para mi hijo Felipe, archiduque de Austria y el más apuesto de Europa, no en vano le dicen el Hermoso. Tsch. Tsch. Fernando, aceptad ya hombre, no sea la de malas y se arrepienta. Callad mujer, no véis que el tío no es más que un poco seso, un pervertido, canalla, depravado, un semental, garañón, un putañero… Por eso Fernando, aceptad, yo sé lo que nos gusta a las mujeres, veréis que contenta va a estar Juana. Isaaabeeel. Max, Maximiliano, ¿ya viste lo qué hiciste? ¿Dime cuándo vas a sentar a tu hijo, el Hermoso, en el trono de España, si para hacerlo tendrían que morir Juan e Isabel hija? Pero no es sólo eso, Max, tendrían que morir también los hijos que aún no nacen. Silencio. Cartas nuevas y sigue mandando el rey de España: Alfonso, heredero de Portugal, para mi hija Isabel; Si Alfonso muriese, Manuel el Afortunado para ella; si Isabel muriese después, Manuel el Afortunado para mi hija María; y Arturo, príncipe de Gales, para Catalina. Carajo que cachaza: Austria, Flandes y Borgoña con España, Portugal con España, Inglaterra con España, ojalá que España esté con España. Y Francia, ¿qué le queda a Francia? Rezar su excelencia, rezar. Concluyamos ¿qué tenéis? Póquer. Flor imperial, entonces gana España. Que pase el visitante. No quiere dejar la guadaña su Ilustrísima. Decidle que a los aposentos papales no puede entrar armado. ¿Qué deseáis miserable criatura? Con todo respeto quiero deciros que vengo a reclamar al príncipe Juan y a su hijo sin nombre; a la princesa Isabel y a su hijo Miguel; a Alfonso de Portugal; al príncipe de Gales y por último a Felipe el Hermoso. ¿Qué les ofrecéis? La eternidad su Ilustrísima. ¿Y se puede saber quién sois vos? La muerte.

¿La muerte?

¡La muerte!

Juan, mi Juancillo, el primogénito de mi estirpe, ¿muerto?, no puedo creerlo. ¿Y de qué ha de morir? De consunción majestad. ¿Cómo es posible? ¿A fines del siglo quince? Nadie muere de consunción en esta época. Que venga Nebrija. Nebrija, ¿qué es consunción? Majestad, es la acción de consumirse; también significa extenuación, enflaquecimiento y demacración progresiva. ¿Y se sabe por qué viene la consunción, joder? Por joder su majestad. ¿Cómo? Por joder, joder y volver a joder.

Hubo quien se negó a creer que un joven pudiera morir a consecuencia de sus excesos sexuales; sin embargo, años después, el segundo marido de su viuda Margarita murió también de consunción… Juan, de consunción, su hijo póstumo, al momento de nacer; Isabel de parto y Miguel, su hijo, a los dos años. Cuatro muertes inesperadas dejaron a Juana en la primera línea de sucesión. Juana (a quien conoceríamos como la loca) era la menos interesada en los asuntos de estado. Juana quien de haber podido escoger entre el ser y el trascender se habría quedado con lo primero: con ser amante esposa, buena madre, digna soberana de los Países Bajos; no necesitaba más para ser feliz, pero los hados habían dispuesto un destino diferente para ella y otras personas a quienes más amaba y en quienes más confiaba se preparaban para aprovecharse de su nueva situación.