• Alejandro Ordoñez González

This is the end

Era el dijéy de moda, la gente se prendía al escucharlo, algunos decían que era el heredero de Guetta o de Gaudino, pero él no hacía caso de comentarios mientras mataba la bacha con el ceño fruncido por el humo, pinchaba los discos, con aire distraído, y hacía que sus seguidores corearan las letras de las canciones y se agitaran como las ánimas en el infierno. Para entonces Ozzy, el gran Ozzy Osbourne, El Príncipe de las Tinieblas, sentenciaba: you cannot crucify the dead, y la gente, que llenaba la pista de la Ragazza, la discoteca más exclusiva, contestaba: Crucify the dead, crucify the dead; pero Ozzy, tozudo, contestaba: You cannot crucify the dead. To me you’re dead, yeah, y las parejas se agitaban, aullaban, la estridencia de las guitarras inundaba el ambiente y él aprovechaba para pasarse unos chochos con un sorbo de Scotch, todo ello sin dejar de ver a Blondie, la zorra, la maldita bastarda que con movimientos sensuales se agachaba frente a él para enseñarle las tetas, mientras se abría paso entre su pantalón una erección brutal y dolorosa que lo llevaba a recordar los años de su adolescencia. Dejó que los audífonos resbalaran hasta el cuello y aceptó una raya que un alma piadosa le obsequiaba, inhaló con fruición y para sus adentros repitió la frase favorita de Linda: parece que anda suelto Lucifer.

Sorprendido observó cómo Blondie, aprovechando una distracción de su hombre, le guiñaba un ojo y movía provocativa los labios y la lengua como mandándole besos o incitándolo a las más oscuras perversiones. Led Zepellin interpretaba Rock & Roll; él, en respuesta, desabrochó el diminuto chaleco que dejaba la mitad de su torso desnudo, al estilo de su admirado Rooney James, que para entonces cantaba, acompañado por los gritos de la gente: lonely, lonely, lonely. Agitó su rubia y ensortijada cabellera, hizo unos pasos de baile al estilo de Rooney y un grito de admiración fue la respuesta de sus fans. Sintió que el rubio pelamen de su pecho se erizaba mientras escudriñaba las caderas, el talle diminuto y los exuberantes pechos de la rubia. A la luz de los reflectores descubrió que sus ojos eran de un azul intenso, tan intenso como los de él, pero la voz espiritual de Bono y su U2 parecieron sacarlo de su ensueño.

La rubia le recordaba a alguien, pero no atinaba a descubrir a quién. Sex Pistols interpretaba Anarchy en the UK; Aerosmith repetía: Walk this way y Blondie tallaba la cadera en la ingle de su hombre que estaba a punto de deshielo y se la comía con la mirada. Pinchó Highway Star, con Deep Purple, dejó correr Kind of woman. Seleccionó Prowler y Sanctuary de Iron Maiden, lo que lo distrajo momentáneamente, buscó a la rubia, comprendió que había abandonado la pista, decidió alcanzarla en los baños. Subía las escaleras cuando escuchó los primeros gemidos, llegó a un solitario hall donde estaban los teléfonos; los vio al fondo, entre la penumbra, él la poseía y provocaba en la rubia tal gozo, que era incapaz de contener los gritos, gemidos y hasta chillidos que lo llevaron a recordar a Linda, quien se encerraba en el cuarto con su hombre, cuando éste volvía los fines de semana a casa. Su hombre, un rudo chofer de tráiler a quien lo obligaban a decirle padre, a pesar del odio que sentía por él. Y aunque tratara de distraerse con la televisión a todo volumen, era imposible porque el ruido de la cabecera golpeando contra la pared y los orgasmos de ella lo perturbaban; tal vez por eso los espió más de una vez, para descubrir que Linda, que solía rechazarlo, era pródiga en sus besos y en sus caricias con aquel tipo al que odiaba tanto y tenía que decirle padre.

Dejó a Linda y a su hombre haciendo el amor en el hall, entró al baño; trató de pensar en otra cosa, pero le fue imposible, no podía olvidar aquella escena, así que decidió salir a reclamarle que su amor lo reservara para su amante y al pobre niño desvalido, que era él, lo tuviera abandonado. No había nadie, el hall estaba vacío, decidió vengarse, bajó a la salida de emergencia y así como lo hizo otro día corrió el pasador de la puerta y cerró el enorme candado. Regresó a los sanitarios, abrió el clóset donde guardaban los químicos de la limpieza, vació el contenido de uno de ellos en un cesto de basura, derramó el resto en el piso del baño, prendió una cerilla y salió.

Llegó justo a tiempo, recordó a Los Doors, pensó que serían el fondo ideal para lo que se avecinaba, el difunto Jim Morrison cantaba por los altavoces: You know that it would be untrue, you know that I would be a liar, y la gente contestaba a coro: Come on baby, light my fire; come on baby, light my fire; try to set the night on fire. Ocurrió entonces que las llamas llegaron al pie de la escalera. Se escuchó una exclamación de terror. Blondie tomó de la mano a su hombre y, como los demás, buscó la salvación en la salida de emergencia, pero estaba cerrada y asegurada con un candado cuyas llaves no estaban a la mano; sí, igual que les ocurriera a Linda y a su amante cuando no pudieron salir de la recámara porque alguien corrió por fuera el pasador de su puerta y la casa empezó a arder, mientras un niño contemplaba el espectáculo desde el jardín y escuchaba los chillidos de rata que salían de la garganta de aquella gata en celo.

Decidió ir con The Doors hasta el final y así, mientras la gente corría enloquecida de una a otra puerta, por los altavoces se oía: This is the end, beautiful friend. This is the end, my only friend. The end of our elaborate plans. The end of everything that stands. The end. Para entonces la disco era un infierno, a lo lejos se escuchaban las sirenas de los vehículos de emergencia. Parsimonioso conectó el micrófono y con su voz ronca acompañó al viejo Jim Morrison que cantaba el parlamento que más le gustaba de aquella vetusta canción:

-Father?

-Yes son?

-I want to kill you.

-Mother?

-I want to fuck you.