• Alejandro Ordoñez González

Tinta invisible.


Habíamos recorrido buena parte de la enorme zona arqueológica de Egipto. Eramos mis padres, mi hermana Hanna, de 17 años, yo de 12 y mi prima Hellen de 20. Alguien dijo a padre que podría comprar a buen precio algunas piezas arqueológicas con un traficante de arte, del Cairo, y por sus angostas callejuelas nos fuimos los dos. El tipo hablaba un pésimo inglés. Tal vez para que no los distrajera me regaló algo que llamó: “tinta invisible”. Not metal, repetía, use cotton, soft, very soft; strong is bad. Pero yo no comprendía. Partimos después al Serengueti, porque eran las dos pasiones de mi padre: la arqueología egipcia y la caza de leones, aunque después le descubrimos otra: las mujeres de ojos azules y cabellos dorados, como mi madre… y tía Hellen.

Ya en casa, una tarde recordé la tinta invisible, fui al estudio, humedecí un manguillo y escribí algo, luego pasé el papel frente a la flama de una vela, pero nada ocurrió, dejé el manguillo sobre la foto panorámica de bodas de tía Sandy, a la salida de la iglesia. Una gota escurrió sobre la imagen de la tía abuela Rose, apareció de pronto un seno enorme, que a pesar del sostén parecía colgar hasta el ombligo, sorprendido vi como la humedad se iba desplazando hacia abajo y quedaba al descubierto un flácido abdomen lleno de grasa, luego la humedad fue despojándola de la falda y su ropa interior, medias y liguero, y ahí quedó desnuda frente a mis ojos la tía Rose. Descubrí que pasados 15 minutos, al secarse el papel, el proceso revertía. Hice la misma operación con Sandy, la novia, sólo para ver aparecer sus senos escuálidos y tristes, las costillas saltadas y sus huesudas piernas flacas. Comprendí que era preferible ver a la gente vestida. Revisé los cajones del escritorio, encontré una foto de tía Hellen, impaciente fui humedeciendo su torso hasta dejar frente a mis ojos los pechos más bonitos que contemplaría jamás, seguí la operación hasta dejarla desnuda; sus caderas, cintura y piernas; bueno, hasta sus hombros y brazos lucían espectaculares, sensuales y perfectos. Turbado, fui a mi cuarto, por curiosidad tomé mi foto de graduación, desnudé a Debbie, la niña que me perseguía, vi su lampiño cuerpo de charal y horrorizado prometí no volver a desnudarla, cosa que no hice, pues me casé con ella, andando el tiempo.

Recordé nuestra visita al Serengueti: un cachorro de león encontrado por padre fue atado al costado de la tienda de tía Hellen -pasé toda una tarde retratándolo-. Extraje algunas fotos del álbum y empecé el proceso, borré la tela de la tienda, apareció tía Hellen en ropa interior y al fondo la cara sonriente de mi padre; siguiente foto, Hellen se quitaba el sostén y mi padre contribuía con el calzón, aunque yo gané pues la encueré antes que ellos lo lograran. Continué: desnudos, tía y padre se abrazaban, y a cada foto crecía el afecto. Tal vez por eso no la sentí, primero percibí el aroma de su cabello, luego la frescura de su aliento. Era madre, quien con su flema y su acento británicos preguntó qué hacía despierto. Se acercó, tomo la lupa y la foto donde padre aparecía entre los brazos y las piernas de tía; sin que en su rostro apareciera un gesto de contrariedad, ni su voz denotara emoción alguna, preguntó cómo hacía para lograr ese efecto, le expliqué; ella comprendió, me llevó a la cama, antes de retirarse me besó, pidió prestadas las fotos y la tinta, pues era algo que le pareció muy divertido, dijo.

Esa noche escuché por única vez gritos y el llanto de mi madre, después padre se marchó y no regreso nunca; tampoco lo hizo tía, luego vino el divorcio y meses después la boda de padre con tía Hellen. La vida siguió, terminé el doctorado en arqueología y ahora, con Debbie y nuestros hijos Hanna de 17 y Alex de 12, nos disponemos a viajar a Egipto; ah, lo olvidaba, también nos acompaña Marie, la sobrina de Debbie, una hermosa rubia, de ojos azules y 20 años.