• Alejandro Ordoñez González

Un tocho en Chapultepec.

Fragmento de mi novela “Después del amor”.


Habíamos ido a Chapultepec a jugar tochito; éramos nueve, pero luego Chuchín inventó que tenía que acompañar a su mamá al médico; en el fondo dimos gracias de que se largara porque era muy fuerte y alto, nos sacaba más de la cabeza y tenía unas manazas como manoplas de béisbol, así que si te tocaba te dejaba ardiendo la nacha; además, cuando brincábamos por un pase nos hacía volar por los aires como barajas de prestidigitador. Se fue Chuchín y nos quedamos los demás; ahí estábamos jugando felices cuando llegaron unos cuates a retarnos; no nos hicimos del rogar, pa luego es tarde, pero conforme avanzaba el juego nos íbamos picando; pobre del que trajera la bola, se llevaba unos fregadazos de aquéllos; es más, hasta las bloqueadas estaban de a peso.

Cómo extrañábamos al Chuchín, pinche Chuchín, ¿por qué te fuiste? Ultimo toch, gritó el Güicho -bien abusivo- el que meta éste, gana (aunque la verdad es que nos venían ganando de calle). Pateamos, la agarró el chavo más fuerte y ahí nos fuimos. Como yo corría diario llegué primero. Me le dejé ir con todo y lo toqué pero el desgraciado dijo que no era cierto. Metí un sprint y lo alcancé, tenía tanto coraje que le metí un santo fregadazo en la nalga para que sintiera. Sí sintió, lo malo es que volteó tan rápido que no me dio tiempo de reaccionar y me soltó un fregadazo de aquéllos, debajo de un pómulo, y vámonos al suelo. Se armó una bronca durísima, llegaron los guardias del bosque, ratones les decíamos porque su era uniforme gris, nos subieron a los jeeps y vámonos directito a la comandancia, pinches ratones, pus ya ni modo.

Lo malo fue que esos chavos salieron más fregones que nosotros; uno de ellos, al que el Carlos le había roto el hocico resultó ser sobrino del administrador del bosque y pidió hablar con él por teléfono. Platicó con su tío y puso al aparato al jefe de los ratones. Sí señor, faltaba más, ahorita mismo los suelto, de eso ni se preocupe señor, ahorita me hago cargo. Y nosotros pensando: suave, nos van a dejar ir. Pues no, soltaron a los otros cuates y a nosotros nos la empezaron a hacer cansada. ¿Me van a decir quién fue el bárbaro que le pegó al joven? Fuimos todos, además él le pegó primero a nuestro cuate. Si no me dicen quién fue los voy a consignar a todos a la delegación. Por favor déjenos hablar por teléfono. No, está prohibido, el teléfono es sólo para uso oficial. Pero si los otros chavos lo usaron. Cállese cabrón porque me lo cargo. Se hacía de noche y el jefe de los ratones hostilizándonos, agrediéndonos. Pinches escuincles, ya se fregaron, a ver si la próxima se fijan con quién se meten, me hablaron de la delegación, ya viene la julia por ustedes y lo peor es que los van a fichar como si fueran delincuentes, me late que los van a mandar al Tribunal para Menores porque el licenciado está retenojado. Y nosotros ahí, sin hablar, viéndolo, oyéndolo, pensando cada quien para sus adentros lo que nos iban a hacer en casa. No teníamos prohibido platicar pero no lo hacíamos por temor a que nos dijeran algo. De cuando en cuando entraban algunos guardias con aspecto torvo, se nos quedaban mirando, cuchicheaban algo entre ellos y soltaban carcajadas horrendas.

Pinche Chuchín, ¿por qué se habría ido? Tanta falta que nos hizo a la hora de los fregadazos, tanta falta que nos hacía ahora, porque ninguno de nosotros se atrevía a levantar la cara; cuantimenos, como decía la muchacha, a levantar la voz; en cambio él era retebueno pa hablar, como que ya se estaba preparando para ser diputado -lo lograría años después-. Sabía envolver a la gente. Estoy seguro que si hubiera estado ahí otro gallo nos habría cantado. Se habría levantado y con voz fuerte y segura le habría dicho: mi coronel. Mi coronel. ¡Ja! Así era él de largo, aunque fuera un pinche sardo que no llegara a oficial le habría dicho así. Seguramente el sargentillo que nos cuidaba le contestaría: hágamela buena joven, ¿no ve que soy sargento? Y el Chuchín seguro le diría: perdone la confusión pero tiene usted tanta personalidad, mi sargento, que en serio me confundí.

Habría platicado con él largo rato, sin pedir nada, buscando, investigando de qué le gustaba hablar al raso ese; después, ya entrado en confianza le preguntaría su nombre y le comenzaría a hablar de tú. Luego, todo confianzudo, habría tomado los cigarros y los cerillos que estaban sobre el escritorio, habría prendido uno y se habría guardado la cajetilla. Antes de una hora estaría tratando al tipo ese como si fuera su empleado; más tarde le habría dado un golpe en la espalda al fulano y le habría dicho: Ah qué mi buen, pues me voy a llevar a esta bola de muchachos revoltosos; a ver ustedes, vámonos, es hora de dejar descansar al oficial, denle las gracias por los cigarritos y vámonos; vengo a saludarte la semana próxima, mi buen. Así era, así actuó cuando nos encerraron por andar jugando a las guerras de agua en las lanchas de remos; en cambio nosotros ni nos movíamos, tiemble y tiemble, con el cus cus a peso. Eran más de las ocho de la noche y no tenían para cuando soltarnos; por el contrario, seguían espantándonos con el petate del muerto. Que se levanta Miguel y dice: mi comandante, déjenos ir. ¡Por la virgen santa déjenos ir! Apenas lo oyó el tipo aquél soltó la carcajada y le dijo una bola de improperios que habían de ver. Fue tan cómico que a pesar del miedo no pudimos evitar una sonrisa; meses después nos lo cotorreábamos bien gacho: ándale, por la virgen santa, y el pinche Miguel se ponía colorado de coraje.

Sonó el teléfono, contestó el jefe de los ratones: Ah... Sí... No... No, ni se preocupe, mándemela mañana; total, que pasen aquí la noche, a ver si no se mueren de frío o los muerden las ratas, ya ve cómo quedó el muchacho que sorprendimos orinando en el zoológico, estaba irreconocible. A cada palabra temblábamos más y él: jovencitos, me hablaron de la delegación, no habrá julia hasta mañana, así que van a pasar aquí la noche. Ahí sí lloramos y nos soltamos como viejas plañideras: que nos dejara ir, no fuera malo y el Miguel seguía duro que dale con la virgen santa. Pasadas las nueve de la noche se descaró, pidió dinero para soltarnos, no traíamos, entre todos juntamos seis pesos que eran para los refrescos, nos quitó el dinero y siguió sin dejarnos ir. Hasta pasadas las once nos estuvo regañando, cada momento más enojado: Pinches escuincles rotos, se la pasan presumiendo de harta lana y mira nomás, andan de al tiro muertos de hambre. Para entonces nos habían esculcado para ver si estábamos ocultando el dinero. Yo no me di cuenta pero el Carlos dijo que con los seis pesos había mandado comprar una botella de alcohol que los sardos se estaban tomando con café.

Luego se metió al cuarto donde estábamos y empezó con que olía a sudor, olía a patas. Pinches puercos, ¿qué no se bañan? ¿En su casa no les dicen nada? ¿En su casa no hay para jabón? Llamó a uno de sus compinches: a ver si me los bañas para que se les quite lo apestoso. Nos sacaron al patio, ahí nos esperaban dos ratones con mangueras de jardinero. A pesar del frío nos empezaron a mojar y córrele por acá y córrele por allá -en nuestros oídos retumbaban sus carcajadas- Después vimos, en plena corretiza, cómo se formaban dos hileras de ratones frente a la puerta que da al Monumento a Los Niños Héroes, eran doce: se pusieron seis y seis, abrieron la reja y el jefe de los ratones: Orale cabrones, a correr, pélense, al que agarre me lo chingo. Apenas oímos eso y pélate güey, corrimos hacia la salida. Los que estaban formados hicieron fila india y como teníamos que pasar en medio de ellos nos pambacearon gacho; estiraban el pie para tirarnos al suelo y nos daban de coscorrones o jalaban el pelo. Al fin salimos de Chapultepec y a correr por todo Constituyentes porque nos esperaba otra madrina en la casa, eran las doce de la noche y no lo iban a perdonar tan fácil. Miguel pidió que lo acompañáramos para que le explicáramos a su papá -que era muy enojón-, lo ocurrido. Llegamos, su casa estaba a oscuras, como no tenía llaves tocó; de pronto, sin que se oyera ruido previo se abrió la puerta y rápida salió una manaza que agarró de las greñas al Miguel y lo jaló para adentro; todavía pudimos ver, antes que se cerrara la puerta, cómo se llevaba el Miguel fuerte patada en las nalgas. No nos dio tiempo de nada, ni siquiera pudimos explicarle al licenciado lo que había pasado, en nuestros oídos aún resonaba el ¡aaay! prolongado de Miguel.

Después de eso ya nadie quiso que lo acompañara alguien a su casa. No, dijo Carlos, si me va a madrear mi papá que sea sin testigos; iguanas ranas, dijo Güicho; yo no tenía problema, mi papá hacía tiempo que no me pegaba, pero lo que hacía dolía más, me castigaba sin salir durante una semana y eso significaba no poder ver a Tita. Tita, chin, había quedado de hablarle a las siete y el sábado teníamos una tardeada. Qué soba, ni modo, ora sí le iba a quedar re mal y lo peor es que la fiesta era en casa del Luigi que andaba tras los huesitos de mi flaca, ¿qué creía el güey que no me había dado cuenta? Me lleva. Me trae. Me vuelve a llevar, carajo, aquél es capaz de aprovecharse y... ¿Qué hago? Ora sí, como dijo el pinche Miguel: Virgen santa.