• Alejandro Ordoñez González

Volver a casa.

Era la compañía relojera más grande y antigua de América Latina. Subí de dos en dos los ocho escalones que mediaban entre el lobby del edificio y la banqueta; arriba me esperaba el general, como solía hacerlo cuando no había gente. Me sonrió desde su uno noventa de estatura, contrastaba su cabello blanco con el elegante uniforme de paño azul y botonadura de latón que portaba con la gallardía propia del mariscal de algún ejército europeo, aunque para nosotros sólo fuese el general. Palmeó mi espalda, me dejó entrar al elevador, accionó el mecanismo. Llegamos al piso deseado, dejó el ascensor y me guió hacia mi destino. Al cruzar por las oficinas no dejó de llamarme la atención la exactitud con que habían vuelto a construir aquel edificio que se derrumbara con el temblor del ochenta y cinco. Cada rincón, cada escritorio lucía igual, como si el tiempo se hubiera detenido o estuviésemos haciendo un viaje el pasado.

Señaló una puerta y sonriente volvió a su puesto. Entré a un auditorio que no recordaba, adentro aguardaban expectantes los empleados de la empresa; en el pódium, el consejo de administración en pleno. Me senté en una butaca vacía. Entró el presidente de la compañía; respetuosos, como era acostumbre por aquellos años, lo saludamos de pie. Inició la solemne ceremonia. La penumbra del lugar me hacía pensar en una película vieja en blanco y negro, acaso con un ligero tinte sepia. Yo, más que escuchar, adivinaba lo que ocurría. Estamos aquí, dijo el augusto directivo, para el relevo generacional porque tal y como lo marcan los estatutos, ha llegado el momento del retiro del director general a quien agradecemos el esfuerzo y la lealtad mostrada y le damos la bienvenida como nuevo miembro del consejo.

A lo largo de más de un siglo que tiene la compañía ha sido costumbre, ustedes lo saben, que este puesto lo ocupe algún funcionario formado en nuestras filas, aunque por excepción han ascendido a él antiguos empleados que iniciaron aquí sus carreras laborales y después, por inquietudes personales, terminaron su formación profesional en otras empresas. Es el caso que nos ocupa, dijo, por eso hoy damos la bienvenida a casa a uno de los nuestros, a uno que a pesar de la lejanía física se mantuvo fiel a los ideales que aquí aprendió. Después, señalándome, pronunció mi nombre. Aturdido caminé hacia el estrado, en las primeras filas estaban las muchachas que me recibieron con afecto cincuenta años atrás, cuando siendo un joven de dieciséis debuté en las lides laborales y ellas, que no llegaban a sus veintes, me adoptaron.

Recibí el reloj de oro de bolsillo que se entregaba por tradición a quien dirigiera la empresa. El auditorio, en penumbra, se fue vaciando. Se acercó mi antecesor. Me acuerdo de ti, le dije, eras jefe de contabilidad cuando ingresé, me da gusto ver que progresaste tanto. Me miró inmutable. Veré que te lleven a tu despacho, dijo, y desapareció. Como en viaje telepático recorrí el edificio, volví a ver las mesas de los relojeros, las diminutas herramientas, sus lentes parecidas a los monóculos de la rancia aristocracia; los escritorios y los grandes libros de contabilidad, escuché la risa juvenil de las empleadas. La vi a lo lejos, su elegancia, distinción y elegante porte la hacían inconfundible, era la secretaria de la dirección general… mi secretaria. Me guió por amplio pasillo, las alfombras eran mullidas y confortables, viejas pinturas virreinales adornaban las paredes; el olor a cedro, a caoba y a cuero que despedían los muebles era de lo más agradable, antiguas lámparas daban calor y color al lugar. Llegamos; ella, toda prudencia, aguardó afuera para que yo disfrutara mi despacho. Costosos muebles Chippendale daban un aspecto señorial a aquel recinto. Un reloj de campanas, con su uno setenta de altura daba el toque final de elegancia. Tras los cristales biselados viajaba infatigable el péndulo entre las cadenas y los plateados contrapesos.

El campanario sonó: una, dos, tres veces… De pronto el edificio se cimbró, la estructura tronó como lo haría el hueso de un viejo al romperse, las campanas sonaron desordenadas, agitadas por el caótico movimiento. Del techo caían polvo, tierra, caliche, ilusiones. Mi mente se iluminó por un relámpago enceguecedor, luego el silencio absoluto, la oscuridad total, la nada…