• Alejandro Ordoñez González

Vientos de primavera

16 de Marzo 2012


Pues sí, parece que una vez más cumplida, oportuna, puntual, regresa la primavera a nuestra tierra, como si fuera uno de los pocos rituales que a pesar de nuestros desatinos sigue funcionando en el planeta. Que bueno, la necesitamos, la anhelamos, la merecemos. De pronto los árboles nos cubren con su follaje, los campos reverdecen y las mujeres -como si fueran aves-, visten ropajes multicolores y dejan crecer entre la comisura misteriosa de sus piernas, la perfumada flor del sexo. El ambiente frío de las madrugadas se cubre por masas de aire tibio que animan a los corredores a continuar con sus rutinas. Terminan los rigores del invierno, la gente se mira en silencio y sonríe, prescinde de los abrigos y los suéteres, ya no es necesario jugarse la vida metiendo el brasero a la choza, la cabaña, el cuarto… con tal de dar un poco de calor a los críos.

Que bueno, la necesitamos, la anhelamos, la merecemos, queremos que la gente vuelva a ser feliz, pero para ello no basta con la primavera, es necesario que coma, y para que pueda comer hace falta un trabajo. ¡Un trabajo!, como si fuera poca cosa, cuando la economía del mundo se derrumba y se secan los manantiales de donde abrevan las fuentes del empleo. Durante generaciones hemos visto cómo el esfuerzo nacional se dilapidó y se dispersó en varias direcciones, buscando el camino que nos sacara de pobres y nos hiciera felices; y nada, seguimos tan desdichados y miserables como lo fueron nuestros padres y los abuelos. Durante años nos dijeron que la solución estaba en la educación, y hacia ese rumbo se fueron nuestros precarios recursos; y nada, nuestros hijos, que han pasado la mayor parte de su vida en escuelas y universidades, claman por un trabajo que casi nunca encuentran y se ven obligados a emigrar a lejanos países en busca de las oportunidades que su propia tierra les niega.

Después nos dijeron que teníamos derecho a la salud; y nada, nuestra gente se muere haciendo fila -en los hospitales públicos- en espera de una consulta, una medicina, un estudio o una operación que casi nunca llegan, o que cuando lo hacen, producen los mismos resultados, pues fueron mal hechos. Más tarde nos aseguraron que teníamos derecho a la seguridad, que por otra parte es una obligación irrenunciable del Estado; y nada, nuestra gente, sin distingos de clase económica sabe lo que eso significa, lo mismo el rico empresario que paga cuantiosos rescates, que el humilde asalariado que utiliza los servicios colectivos de transporte, dispuesto a jugarse la vida por defender unas miserables monedas que significan el pan de la familia.


Hemos cruzado el umbral de los doscientos años de independencia y los cien de la revolución; sin embargo, los niños de las montañas y de las zonas marginales de las ciudades se siguen muriendo por infecciones intestinales, los ancianos por gripas mal atendidas y las mujeres de parto. La educación ha servido para un carajo y la tranquilidad sólo la conocen los más ricos o los políticos influyentes rodeados de aparatos de seguridad del tamaño de su propio miedo.

Queremos que la gente sea feliz, tenga para comer, encuentre un trabajo digno que le permita cubrir la educación de los hijos y la salud de la familia; un trabajo capaz de evitar que gente desesperada se una a actividades ilícitas, que a pesar de los riesgos y peligros que implican, le dan de comer; sí, ¡de comer! Lo necesitamos, lo anhelamos, lo merecemos. ¿Habrá alguien que por fin escuche?


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